viernes, 23 de marzo de 2012

El hijo del Big One


Me levante como todas las mañanas, sin mucho animo de nada. Prepare mi café, tome un sorbo y deje la taza casi llena como todos los días. Me puse la camisa sin planchar, tan arrugada como un bollo de papel. Emprendí mi camino al trabajo. Salude a una o dos personas que casi ni conocía y llegue sin pena ni gloria a mi oficina.
Me senté en mi escritorio y prendí la computadora. – Otro día en el paraíso-. Dije en voz baja. La rutina me tenía atrapado.
A la hora del almuerzo me fui al comedor y me senté al lado de mis compañeros. Ellos hablaban no se de que, no presto atención a las conversaciones baratas. Uno de ellos se sentó a mi lado, era el único asiento disponible. Lo salude moviendo la cabeza y sin decir nada. Tras unos minutos de comer en silencio me miro y me dijo:
- Vida difícil ¿no? 
- ¿Qué?- Pregunte asombrado.
-Que llevas una vida difícil. Rutinaria, aburrida, sin expectativas.
-¿Quién te crees que eres para opinar de mi o de mi vida?
-Yo se por lo que estas pasando y estoy aquí por ti.
-Mira, no se quien eres, ni siquiera se tu nomb…
- Si sabes quien soy, solo que tu gran pesimismo y tu falta de creencias te han bloqueado y no te dejan ver nada más allá de tu nariz. ¿Hace cuanto que nos vas a la iglesia? ¿Hace cuanto que no te tomas unos minutos para rezar? Has perdido la fe en todo incluso, en ti mismo. Por eso estoy aquí, a pedido de mi padre, para mostrarte que hay mucho por vivir y mucho por hacer y que la vida es más, mucho más, de lo que tú ves.
- No estoy con ánimos de escuchar a falsos profetas o predicadores de segunda, si quieres rezar o ir a la iglesia es tu proble…
Apoyó su mano en la mía y de repente sentí una sensación que nunca había sentido. Lo mire y el con una leve sonrisa y una mirada de tranquilidad me dijo sin mover sus labios –“ahora vas a estar bien, mi padre escucho tus plegarias”.
Una bandeja se cayó al piso y me saco de ese transe, mire nuevamente a mi compañero y ya no estaba. Aun sentía su mano tibia sobre la mía.
Volví a mi escritorio y no podía dejar de sonreír.
Al llegar a mi casa, mi novia me esperaba con la merienda, la bese como la primera vez y le pedí que se case conmigo.
Hoy tengo una hermosa familia, un trabajo de oficina y una vida espectacular.

Sergio G. Selser

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