martes, 11 de septiembre de 2012

El ángel de la guarda


Caminaba tranquilo una madrugada. El sueño y yo no somos buenos amigos, así que como muchas veces, no me dormía temprano y salí a caminar.
Iba silbando una canción que invente mientras atravesaba el puente que unía las dos costas de un pequeño río que atravesaba la capital. Mientras encendía mi cigarrillo de la risa, me acerque a la baranda a contemplar el agua que pasaba bajo mis pies y a tratar de charlar con la señorita que estaba a punto de tirarse al agua atada y abrazada a una roca.
-          Qué noche tan tranquila ¿no?- Le dije mientras seguía con la vista a una botella de plástico que arrastraba la corriente. La muchacha me miro desconcertada.
-          No intentes detenerme.- Me dijo llorando. Ni si quiera me tome la molestia de mirarla.
Le di una buena pitada al cigarrito y se lo pase a ella.
-          Yo no hago esas cosas-. Me dijo enojada. Típica respuesta de mujer pensé, incoherente e irracional, sobre todo tomando en cuenta la situación en la que se encontraba.
-          No creo que te valla a afectar en nada, sobre todo tomando en cuenta lo que estas por hacer. Siéntate al lado mío y fuma un poco.- Se río y se sentó, aun seguía abrazada a la piedra.
-          Un día, cuando era joven,- le dije - me hice amigo del hijo de una amiga mía, él tenía leucemia e hice todo lo que pude para salvarlo. Junte dinero, realice fiestas para recaudar más, pero aun así, mis esfuerzos fueron en vano. El murió. Una semana antes de su muerte, me pidió que lo llevase a dar una vuelta en mi moto, yo le dije que él no estaba en condiciones de salir y mucho menos de andar en moto, el solo me miro y entendí en ese segundo que no se iba a salvar y que él ya lo sabía. Nos escapamos cuando la mamá se fue a comprar la cena y nos fuimos a dar un par de vueltas por la ciudad. Le gritábamos obscenidades a las señoritas, la policía nos detuvo por andar como locos, nos metíamos contra el transito, hicimos todo lo que no se debía hacer. Cuando volvimos nos retaron como era de esperase, el me abrazo y me agradeció-.
-          ¿y por qué me cuentas todo esto?-
-          Porque acabas de perder un hijo ¿no?- Con los ojos enrojecidos por el llanto, me dijo que si.
-          La cuestión es si le diste todo el amor y cuidado que le podías dar a tu hijo, hayan sido muchos años o pocas horas. Si se lo distes hasta el último segundo de su vida. Si hiciste que cada momento valiera la pena-. Hizo una pausa, me saco el cigarro de la mano, le dio una buena y profunda aspirada, tosió un par de veces y me dijo:
-          El último día que estuvimos en el hospital, me aparecí en su cuarto con un kilo de helado. El lo tenía prohibido por los médicos, pero al igual que tú con tu amigo, no me importaron las consecuencias. Comimos juntos y después hicimos una guerra de helados. Las enfermeras trataron de detenernos y les tiramos a ellas también. Vino el director del hospital con la gente de seguridad y nos sacaron el bote de helado y las cucharas. Nos reímos toda la noche, estábamos tan pegajosos que nos tuvimos que meter en la ducha con ropa y todo. La pasamos tan bien ese día que hasta nos olvidamos por que estábamos en el hospital.-
 Le di una ultima pitada al cigarrillo de la felicidad y le deje el resto para que ella se lo terminara y me fui sin despedirme. Camine unos pasos y la muchacha me tomo del brazo, me dio un enorme beso en los labios y en voz muy baja me dijo gracias y se fue para siempre.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Eva


La fruta prohibida mordiste
después de ser tentada
por culpa de una serpiente maligna
del paraíso fuiste desterrada.

El grande te condeno
a vivir fuera de su casa
sufriendo penosas torturas
tan solo por una manzana.

Quizás algún día puedas
volver al paraíso soñado
purgando los pecados divinos
de la mano del más amado.

Sergio G. Selser