domingo, 15 de septiembre de 2013

Agarrando a patadas a los viejos

De chico me enseñaron cuestiones sobre el respeto. Interminables peroratas en distintas situaciones. En la iglesia en los discursos del borracho del cura, decía que debíamos respetar al prójimo. En la escuela, la maestra me decía que había que respetar a los compañeros y en casa (y para rematar) había que respetar a los adultos, sobre todo a los abuelos.
Como un estúpido, yo seguí todas estas reglas, bueno casi todas, pero la que más me pesaba era la del respeto a los viejos.
Al parecer, cuando uno es viejo cuenta con inmunidad para hacer lo que quiera, pero peor, es que sus pecados pasados son perdonados u olvidados, y que por su condición de ansíanos debíamos dirigirnos a ellos con el respeto debido solo por su edad biológica circundante.
La verdad es que para mí, un viejo no merece más respeto que el que se haya ganado o merezca.
En raras ocasiones suelo interactuar con estos seres de edades avanzadas, en donde tratan de transmitirme su sabiduría o conocimientos, incluso cuando no los tienen, dándome concejos que no pedí, anécdotas que no quiero escuchar, historias de tiempos  pasados y supuestamente “mejores” que no importan ya, y soluciones para un futuro a los que ellos no van a alcanzar ni por más que quieran.
Cuando les brindo respuestas o les contesto con mi habitual “simpatía” ellos me responden todos de la misma forma –“algún día vas a llegar a mi edad”-, y yo siempre contesto lo mismo, “-espero que no”- porque la verdad es que no le encuentro nada de positivo a ser viejo. Suelen utilizar esta frase para que uno se asuste o se compadezca por una situación en las que ellos se encuentran y uno no (por suerte).

Aun a mi horrenda edad adulta, sigo sin entender el tema del respeto, en los viejos o en cualquiera y sigo creyendo que es algo que se debe ganar independientemente de la edad.
He conocido jóvenes, adultos y viejos que no merecen una pizca de mi respeto ni la de nadie.

El respeto para mi es darle al otro un valor de alguna clase, es decir, reconocer en el otro un valor de alguna clase, y si no es posible reconocer ese valor, entonces nadie, ni siquiera los viejos merecen nada de mi parte, mucho menos Respeto.


Sergio G. Selser