Esas
malditas agujas del reloj parecían estar clavadas.
Eran las
19:56 PM. Parecía que el tiempo se hubiese detenido. Me daba toda la sensación
de que era esa hora desde hace un millón de años.
-
Ya
falta poco -. Me decía a mi mismo en voz baja.
Sentado en
la cama, con los brazos apoyados uno en cada pierna y los dedos de las manos
entrelazado entre si, me mecía en mi cama mientras miraba el piso para no estar
pendiente del reloj. Mis manos temblaban mucho por culpa de los nervios. Mi
higiene había quedado en el olvido, la barba y el pelo de mi cabeza parecían
ser uno solo y mi antigua corpulencia se había consumido.
¡Las ocho
de la noche al fin! Sonaron las campanitas que tenia ese antiguo reloj de pared
marrón. La luz blanca que la traía no se hizo esperar y la habitación brillo
por completo. Como desde hacia varios meses, a las ocho de la noche ella
aparecía.
¿Quién era
“ella”? Bueno ella apareció un día cualquiera, no se como fue, pero supongo que
me la enviaron desde arriba, hace mucho que rezo y pido una mujer para amar.
Antes de
que ella apareciera, mis días eran como el de todos los demás. Mi vida se dividía
entre mi trabajo, mis hobbies y mis amigos. Pero desde que ella apareció, todos
mis días eran pensar en cuanto faltaba para las ocho de la noche.
Día tras
día, lo único que tenia en mi cabeza era eso. Empecé a faltar al trabajo, deje
mis hobbies de lado y a mis amigos también, solo ella importaba y ahí estaba,
hermosa y perfecta como siempre.
Me acerque,
la abrace fuerte y la bese con todo ese amor que solo su cuerpo podía arrancar
de mí ser. Hicimos el amor en cada rincón de la casa. Por la mañana yo me dormía
y ella desaparecía. Yo creo que eso era un truco para que yo no sufriera cuando
se fuese. A la mañana siguiente lloraba de dolor por no tenerla con migo. Ya se
que por la noche ella volvería pero… ¿y si no regresaba? ¿Qué sería de mí?
Las ocho
nuevamente en el reloj. Hoy tengo una sorpresa especial para ella; desde hace
días que me viene pidiendo que le de un nombre, pero yo no quería cualquiera, quería
uno que sea perfecto para ella y esta noche se lo voy a regalar.
Se acerco a
mi y me beso, sentí ese beso tan adentro mío como el que nos dimos la primera
vez. Abrí un estuche y le colgué sobre su hermoso cuello una cadenita de oro
con un nombre grabado, “Cristal”. Se miro en el espejo y me sonrío, sabia que
le iba a gustar. Tomo mi mano derecha y con una dulce sonrisa me dijo que esa
seria la ultima noche que nos veríamos, pero que había una forma de que siguiéramos
juntos para siempre. Me dio una especie de llave y me indico como usarla. Antes
de desaparecer me acaricio los labios y me susurro al oído las palabras “te
espero al otro lado”, y desapareció.
Tome la
extraña llave y la puse en mi boca, con los ojos empapados en lagrimas y con
todo el amor que tenia por ella, jale del saliente metálico.
Sergio Guillermo Selser