Se sintió
un leve crujir y luego una gran explosión. Las rocas bloquearon por completo la
entrada a la mina. Cuando se disipo el polvo, pude ver a algunos de mis
compañeros sepultados bajo los escombros. Intente ayudar a aquellos que aun
seguían con vida, pero era imposible mover todo ese peso. Otro gruñir de la
mina y salimos corriendo más adentro aun, un nuevo derrumbe acabo con los
pobres que quedaron atascados. Apenas podíamos respirar.
Arrastrándonos,
llegamos al refugio de seguridad que tenían los túneles. Me senté sobre un cajón
de madera. Agitado por la corrida y el trabajo de todo un día, trataba de
recuperar el aliento. Di un rápido vistazo y a primera vista éramos más de diez.
No me tome la molestia de contarlos en un principio.
Fui preguntando
uno a uno como estaban, todos estábamos bien. Ahora teníamos que ver que haríamos.
No sabíamos si alguien sabía lo ocurrido o, si de saberlo, pensarían que quedo
algún sobreviviente.
Reunimos
todas las provisiones que encontramos. Unas latas de atún, leche en polvo, agua
embotellada y unas galletitas sin sabor. Sacamos la cuenta de cuanto nos correspondía
a cada uno. Si lo repartíamos en partes iguales, acabaríamos por terminar con
las provisiones en menos de dos días. No sabíamos por cuanto estaríamos allí, o
si nos vendrían a buscar.
El oxigeno
se iba agotando de apoco y las piernas me dolían bastante, se podía sentir al
respirar el aire viciado. Nos quedábamos quietos lo más que podíamos para no
agitarnos. Mire mi reloj y me di cuenta que ya era bastante tarde, todos se
habían dormido.
Un pequeño
brillo se veía al final del refugio, camine hasta allí salteando y tratando de
no pisar a ninguno de mis compañeros que dormían en el piso, el dolor de las
piernas era insoportable. Llegue al final del túnel y un pequeño agujero dejaba
pasar un leve haz de luz a través de la pared. Con mi dedo índice trate de
agrandar un poco más el agujero para ver si podía mirar hacia el otro lado. La
pared se desmorono y por completo. Me voltee para ver si alguien se había
despertado, pero todos dormían profundamente. Me aventure a salir de allí. Se oía
el sonido del agua cayendo por una cascada. Camine unos pasos y una hermosa
mujer se me acerco y me tomo la mano. No hablamos, simplemente me deje guiar
hacia donde me quería llevar. Mientras caminábamos note que ya las piernas ya no
me dolían, no me faltaba el aire y a decir verdad me sentía muy bien. Nos
sentamos al lado de una cascada y otra muchacha se acerco con un canasto lleno
de frutas frescas y un jarro con agua helada. Me preguntaron de donde venia y,
con mi dedo índice, les dibuje en la tierra, un mapa. Ellas sonreían todo el
tiempo. Les dije que debía volver a buscar a mis compañeros, pero ellas
insistieron en que me quedara a descansar un poco. Me recosté sobre el regazo
de una de ellas y poco a poco los ojos se me iban cerrando, me perdía cada vez más
en sus caricias y sus dulces voces.
Luego de
tres días de trabajo, las grúas de rescate por fin pudieron llegar. Al remover
los escombros, solo pudieron encontrar, un montón de cuerpos sin vida, un
dibujo en la tierra de lo que parecía ser un mapa y un hombre sin piernas
tirado al final del refugio.
Sergio G. Selser
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