martes, 17 de abril de 2012

AL FINAL DEL TUNEL (a los mineros de Chile)


Se sintió un leve crujir y luego una gran explosión. Las rocas bloquearon por completo la entrada a la mina. Cuando se disipo el polvo, pude ver a algunos de mis compañeros sepultados bajo los escombros. Intente ayudar a aquellos que aun seguían con vida, pero era imposible mover todo ese peso. Otro gruñir de la mina y salimos corriendo más adentro aun, un nuevo derrumbe acabo con los pobres que quedaron atascados. Apenas podíamos respirar.
Arrastrándonos, llegamos al refugio de seguridad que tenían los túneles. Me senté sobre un cajón de madera. Agitado por la corrida y el trabajo de todo un día, trataba de recuperar el aliento. Di un rápido vistazo y a primera vista éramos más de diez. No me tome la molestia de contarlos en un principio.
Fui preguntando uno a uno como estaban, todos estábamos bien. Ahora teníamos que ver que haríamos. No sabíamos si alguien sabía lo ocurrido o, si de saberlo, pensarían que quedo algún sobreviviente.
Reunimos todas las provisiones que encontramos. Unas latas de atún, leche en polvo, agua embotellada y unas galletitas sin sabor. Sacamos la cuenta de cuanto nos correspondía a cada uno. Si lo repartíamos en partes iguales, acabaríamos por terminar con las provisiones en menos de dos días. No sabíamos por cuanto estaríamos allí, o si nos vendrían a buscar.
El oxigeno se iba agotando de apoco y las piernas me dolían bastante, se podía sentir al respirar el aire viciado. Nos quedábamos quietos lo más que podíamos para no agitarnos. Mire mi reloj y me di cuenta que ya era bastante tarde, todos se habían dormido.
Un pequeño brillo se veía al final del refugio, camine hasta allí salteando y tratando de no pisar a ninguno de mis compañeros que dormían en el piso, el dolor de las piernas era insoportable. Llegue al final del túnel y un pequeño agujero dejaba pasar un leve haz de luz a través de la pared. Con mi dedo índice trate de agrandar un poco más el agujero para ver si podía mirar hacia el otro lado. La pared se desmorono y por completo. Me voltee para ver si alguien se había despertado, pero todos dormían profundamente. Me aventure a salir de allí. Se oía el sonido del agua cayendo por una cascada. Camine unos pasos y una hermosa mujer se me acerco y me tomo la mano. No hablamos, simplemente me deje guiar hacia donde me quería llevar. Mientras caminábamos note que ya las piernas ya no me dolían, no me faltaba el aire y a decir verdad me sentía muy bien. Nos sentamos al lado de una cascada y otra muchacha se acerco con un canasto lleno de frutas frescas y un jarro con agua helada. Me preguntaron de donde venia y, con mi dedo índice, les dibuje en la tierra, un mapa. Ellas sonreían todo el tiempo. Les dije que debía volver a buscar a mis compañeros, pero ellas insistieron en que me quedara a descansar un poco. Me recosté sobre el regazo de una de ellas y poco a poco los ojos se me iban cerrando, me perdía cada vez más en sus caricias y sus dulces voces.

Luego de tres días de trabajo, las grúas de rescate por fin pudieron llegar. Al remover los escombros, solo pudieron encontrar, un montón de cuerpos sin vida, un dibujo en la tierra de lo que parecía ser un mapa y un hombre sin piernas tirado al final del refugio.

Sergio G. Selser

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