domingo, 27 de octubre de 2013

Trabajando duro o durando en el trabajo

Como muchos de ustedes, he dedicado una pequeña porción de mi vida a trabajar para alguien más. No contando con la posibilidad ni las ganas de tener un negocio propio, hice lo que la mayoría de la humanidad, poner mis capacidades al servicio de un tercero.
Nunca tuve mayores inconvenientes, trabajar no es en sí una carga para mí ya que solo me quedo a trabajar en los lugares en donde me siento cómodo.
Una de las cosas que más me ha llamado la atención en cada uno de los empleos que he tenido son mis compañeros de trabajo, insoportables seres que se quejan de todo; que si el día esta lindo ellos tienen que estar ahí atrapados cual esclavos en una mina, que hoy es el cumpleaños de no sé quién y ellos están ahí matándose trabajando, o la clásica muestra de heroísmo barato –“hoy no iba a venir, pero bueno, vine igual sino ¿Quién hace las cosas?-“ como si fueran imprescindibles o dignos de ser nominados al premio nobel.
La verdad es que los compañeros laborales son una porquería, seres individualistas, envidiosos, cagadores y estafadores que la mayoría de las veces se nutren de los compañeros de todas las maneras posibles, se roban las lapiceras, se comen las galletitas de aquel que siempre compra, se adjudican trabajos que no hicieron o quieren tener merito o ser participes de tareas que fueron hechas por otros, pero se esconden y se justifican y peor, le echan la culpa a otro compañero cuando las cosas salen mal.
Como ya explique en alguno que otro escrito yo no me llevo bien con los adultos, mucho menos con adultos compañeros de trabajo, porque no puedo entender que siendo todos participes del mismo fin laboral, cada uno se comporte como si su trabajo fuese más importante que el del resto, arrancando por los gerentes que caminan como estrellas de cine por los pasillos de las oficinas, haciéndose llamar “SEÑOR” o que le antepongan el titulo del cargo o peor, el título obtenido en la facultad. Que gente de mierda que quieren que le digan “el doctor pepe” o “el ingeniero Toto” o la “profesora Anita”, caraduras faltos de identidad y seguridad que se vienen a mostrar como omnipotentes ante las personas a quienes deben guiar.  Pero no voy a arremeter solo contra los que ocupan cargos gerenciales o de rango, también les voy a patear el culo al resto de los seres que tienen el resto de las funciones. Pésimos compañeros de trabajo que siempre están tratando de sobresalir a costa de desacreditaciones de otro compañero de trabajo para parecer ellos más capaces que el resto (o de lo que realmente son). Mugrientos de mierda que van hablando mal de todos los que trabajan con él o ella descalificando el esfuerzo de quienes empiezan a progresar o de quienes están por encima en cargos diciendo frases tales como: -“si yo estuviese a cargo de esta empresa les daría más tiempo de almuerzo, más sueldo y más libertades”- haciendo promesas ridículas como si fueran políticos postulándose a un cargo, y ni siquiera pueden completar las tareas designadas.
La verdad es que no encajo en muchísimos lugares. No soporto las conversaciones de oficina, el tener que saludar o decir algo cada vez que uno se encuentra con alguien (y eso sucede unas 20 veces en una jornada). Tener que escuchar las múltiples quejas de quienes odian el lugar de trabajo y odian su vida y me la cuentan como si a mí me importara lo que les pasa a ellos o a alguno de sus hijos o peor aún, a algunas de sus mascotas.

El trabajo en grupo será posible cuando cada integrante entienda y sienta que es parte integral de un fin claro y definido.


“Busca un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida”
                                                                                                                        Confucio
                                                                                                             (Filósofo chino)

Sergio G. Selser

miércoles, 9 de octubre de 2013

Malas palabras / buenas palabras

Escucho hablar siempre a los adultos sobre las malas palabras. Vocablos que parecen ser ofensivos para algunos.
Como siempre, una pregunta surge a raíz de una reflexión; ¿Qué son o cuáles son las malas palabras? Y también ¿Cuáles son las buenas?
Pareciera ser que las malas son aquellas que encierran algún insulto, es mundialmente conocida la frase <<hijo de puta>> y que alude a que la mamá de alguien ejerce la prostitución, no cualquier tipo de prostitución, sino aquella que es solo por placer, es decir, sin cobrar.
Otra muy conocida, sobre todo en el habla hispana es <<la concha de tu madre>>, da la sensación que mencionar el órgano reproductor femenino de tu progenitora es insultante, pero por lo visto, casi todos los insultos mencionados hacen referencia a las pobres madres que nada tienen que ver; aunque nunca vi a nadie enojarse porque le dijesen << el codo de tu madre>>.
A las buenas palabras nadie las critica, palabras como fe, amor, compasión, solidaridad, etcétera, son tomadas como buenas, pero estas encierran prejuicios y son engañosas y también poseen un doble discurso o significado, porque al momento de ser compasivo solo se lo debe ser con un niño o un viejo o un pobre o desvalido, nadie más es digno de compasión, comprensión, solidaridad, fe o cualquiera de esas palabras de porquería que gozan con una sobre valoración inmerecida.
Por su parte, las “malas palabras” son de acción directa, sin vueltas ni bifurcaciones literarias, un golpe violento y certero al sujeto al cual va dirigido.
Creo que las malas palabras solo tienen mala fama, que nos quedaría sino para las verdaderas malas palabras, guerra, hambre, desocupación, discriminación, violencia, maltrato infantil, etcétera.

Dijo una vez un filosofo chino llamado Lao-tsé : “Las palabras elegantes no son sinceras; las palabras sinceras no son elegantes”.

Las malas palabras no pueden hacer nada en contra de uno, siempre y cuando no le demos espacio a quien las ejecuta en nuestra contra, si creen lo contrario se pueden ir todos a la mismísima MIERDA.

Sergio G. Selser