Como
muchos de ustedes, he dedicado una pequeña porción de mi vida a trabajar para
alguien más. No contando con la posibilidad ni las ganas de tener un negocio
propio, hice lo que la mayoría de la humanidad, poner mis capacidades al
servicio de un tercero.
Nunca
tuve mayores inconvenientes, trabajar no es en sí una carga para mí ya que solo
me quedo a trabajar en los lugares en donde me siento cómodo.
Una
de las cosas que más me ha llamado la atención en cada uno de los empleos que
he tenido son mis compañeros de trabajo, insoportables seres que se quejan de
todo; que si el día esta lindo ellos tienen que estar ahí atrapados cual
esclavos en una mina, que hoy es el cumpleaños de no sé quién y ellos están ahí
matándose trabajando, o la clásica muestra de heroísmo barato –“hoy no iba a
venir, pero bueno, vine igual sino ¿Quién hace las cosas?-“ como si fueran imprescindibles
o dignos de ser nominados al premio nobel.
La
verdad es que los compañeros laborales son una porquería, seres
individualistas, envidiosos, cagadores y estafadores que la mayoría de las
veces se nutren de los compañeros de todas las maneras posibles, se roban las
lapiceras, se comen las galletitas de aquel que siempre compra, se adjudican
trabajos que no hicieron o quieren tener merito o ser participes de tareas que
fueron hechas por otros, pero se esconden y se justifican y peor, le echan la
culpa a otro compañero cuando las cosas salen mal.
Como
ya explique en alguno que otro escrito yo no me llevo bien con los adultos,
mucho menos con adultos compañeros de trabajo, porque no puedo entender que
siendo todos participes del mismo fin laboral, cada uno se comporte como si su
trabajo fuese más importante que el del resto, arrancando por los gerentes que caminan
como estrellas de cine por los pasillos de las oficinas, haciéndose llamar
“SEÑOR” o que le antepongan el titulo del cargo o peor, el título obtenido en
la facultad. Que gente de mierda que quieren que le digan “el doctor pepe” o
“el ingeniero Toto” o la “profesora Anita”, caraduras faltos de identidad y
seguridad que se vienen a mostrar como omnipotentes ante las personas a quienes
deben guiar. Pero no voy a arremeter
solo contra los que ocupan cargos gerenciales o de rango, también les voy a
patear el culo al resto de los seres que tienen el resto de las funciones.
Pésimos compañeros de trabajo que siempre están tratando de sobresalir a costa
de desacreditaciones de otro compañero de trabajo para parecer ellos más
capaces que el resto (o de lo que realmente son). Mugrientos de mierda que van
hablando mal de todos los que trabajan con él o ella descalificando el esfuerzo
de quienes empiezan a progresar o de quienes están por encima en cargos
diciendo frases tales como: -“si yo estuviese a cargo de esta empresa les daría
más tiempo de almuerzo, más sueldo y más libertades”- haciendo promesas
ridículas como si fueran políticos postulándose a un cargo, y ni siquiera
pueden completar las tareas designadas.
La
verdad es que no encajo en muchísimos lugares. No soporto las conversaciones de
oficina, el tener que saludar o decir algo cada vez que uno se encuentra con
alguien (y eso sucede unas 20 veces en una jornada). Tener que escuchar las
múltiples quejas de quienes odian el lugar de trabajo y odian su vida y me la
cuentan como si a mí me importara lo que les pasa a ellos o a alguno de sus
hijos o peor aún, a algunas de sus mascotas.
El
trabajo en grupo será posible cuando cada integrante entienda y sienta que es
parte integral de un fin claro y definido.
“Busca
un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida”
Confucio
(Filósofo chino)
Sergio G. Selser
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