domingo, 28 de abril de 2013

Y… eso dicen (camino al intelecto barato)


Cuantas veces habré escuchado la frase, –“y… dicen que en estados unidos…”- o la otra:   –“allá es así”-. Parece ser que aquellos que no poseen información de ninguna índole, es decir, que no tienen ningún conocimiento, se aferran a las frases cotidianas lanzadas al mundo por quien sabe quién. Frases mediocres que intentan ser inteligentes en boca de los mediocres.
A finales del 2012, se rumoreo la posibilidad de que llegaría el fin del mundo, un apocalipsis mediático impulsado aparentemente por los Mayas, quienes predecían el fin del mundo muchos años antes; de todas formas, tomar en cuenta la predicción de una cultura que no pudo evitar la suya propia, es decir, su propia extinción, es bastante estúpido.
Lo malo no es que aquellos que no poseen conocimientos de ningún tipo anden por la vida diciendo estas frases armadas a medias, sino que los receptores creen sin mayor cuestionamiento o ejercicio intelectual o análisis, que esas frases contienen algún tipo de conocimiento previo.
Cualquier tipo de conversación merece un pequeño análisis, sea cual sea el tema, y enseñarles a los chicos que es más que necesario que piensen en cada cosa que escuchan, provengan de quien provengan, padres, maestros, médicos, etcétera, no vallan a creer que la estupidez y la mediocridad no se encuentra en los profesionales, he tenido muchas discusiones con médicos que hablan sin pensar y repiten lo que dicen los libros sin mayor cuestionamiento, largas charlas con psicólogos, psiquiatras que brindas “soluciones” basadas en conversaciones incoherentes y propuestas irracionales.

Piensen, cuestionen, debatan, hablen, la mejor manera de llegar a una solución o a una comprensión, es a través de un simple ejercicio que se ha empleado por los niños y niñas de todo el mundo, y que incluso está contemplado como una etapa de la vida, la etapa del ¿Por qué?, así de simple, cada vez que alguien nos dé una supuesta razón incomprobable, debemos preguntar ¿Por qué?, y no obviar a sus aliados ¿de dónde has sacado esa información? O ¿en donde lo has escuchado? Verán que en el 98% de los casos nadie les dará una respuesta.

Sergio G. Selser

domingo, 21 de abril de 2013

Moderna esclavitud


Como comente en alguna oportunidad, me he dedicado a la gastronomía durante más de una década, y este es uno de los rubros más complicados en los que he trabajado.
Pero hoy apuntare a los dueños, seres despreciables que son dueños de un local gastronómico y creen que a la vez son dueños de sus empleados.
Aprovechadores y chupadores de vidas, que creen que pueden controlar la vida privada de un empleado, cambiándoles los horarios de trabajo a gusto y placer suyo. Que les cuestionan por que piden un adelanto de sueldo y les exigen una explicación de lo que van a hacer con el dinero que les corresponde por derecho. Que los  hacen quedar después de que termino su turno sin pagarles el tiempo extra con la barata excusa de que “la gastronomía es así, se sabe cuando se entra pero no cuando se sale”. Imbéciles chupa sangres, que se incrementas sus bolsillos a costilla de sus empleados, pagándoles la mitad del sueldo en negro, sin hacerles los aportes jubilatorios correspondientes porque categorizan mal a sus empleados.
Obviamente que yo no duro demasiado en los trabajos, no me dejo avasallar ni intimidar por estos gánsters gastronómicos, que viven amenazando con que los van a echar sin pagarles un solo centavo, o les dicen a las empleadas -¿Dónde te van a tomar con un hijo? Yo no pago bien, pero por lo menos te doy trabajo-. Mugrientos sanguinarios económicos que joden la vida de quienes depende para vivir.
Por eso, cada vez que cambio de trabajo, me armo hasta los dientes legalmente y me cubro en todos los aspectos y cada vez que puedo, les meto un juicio, muchas veces, no para cobrar algo de plata, tan solo por no verlos en paz.

En el rubro gastronómico soy conocido, no solo por mi aguda rebeldía, sino también por mi excelente trabajo, y quien me haya tenido entre sus filas, sabe que soy uno de los mejores.

Sergio G. Selser

domingo, 14 de abril de 2013

Porque no, no es una respuesta


De chico lo habitual es hacerle caso a los padres y resto de los adultos sin mayor cuestionamiento aunque nos parezca irracional la orden impuesta por alguno de estos seres, nos enviaran a dormir en un horario que nos parecerá muy temprano, nos harán comer comidas horrendas aun en contra de nuestra voluntad y no nos permitirán ver determinados programas televisivos, todo esto sin siquiera una breve explicación acompañado por una de las frases más odiadas por mí y menos pensada por los adultos: “¡Porque no!”, ante la duda lógica de un menor hacia una prohibición, la respuesta automática del adulto es “Porque no”, esto en ocasiones viene acompañado de un segundo latiguillo, “Porque no y punto”, evidentemente cuando responden de esta manera es porque no conocen la respuesta correcta, ni siquiera la incorrecta.
Como comente en alguna ocasión, soy hermano mayor de muchos y siempre alenté a los más chicos a cuestionar todo lo que vean y oigan, aun cuando la evidencia sea lo suficientemente convincente (que sea convincente no la hace real). Una vez, estando a cargo de mis hermanos, le dije a la mas chica de mis hermanas que ya era hora de que se fuese a dormir, ella me pregunto si podía comer unas galletas de chocolate antes de dormir y mi respuesta automática aprendida desde chico por padres poco analistas fue un rotundo NO, a lo que ella me pregunto –pero ¿Por qué no?-, obviamente yo creía conocer la respuesta a esto y le dije –porque no- y ella, en su lógica inocente me dijo –porque no, no es una respuesta-, y no tuve más remedio que dejarla comer galletas de chocolate antes de ir a dormir, su planteo era lógico y si hay algo con lo que no suelo luchar, es contra la lógica.

A pesar de padecer teniendo que ser un adulto, no congenio con ellos y mucho menos con sus irracionales pensamientos, llenos de baches, mentiras, y falsos datos, y todo esto, para no parecerse o alejarse de lo mejor de este mundo, ser un niño.

Sergio G. Selser

lunes, 8 de abril de 2013

¿Maestras? Maestras eran las de antes


Como se habrán dado cuenta, mi espíritu inquisidor no me da descanso desde que era chico. Mis dudas debían ser respondidas por alguien, y siendo chico, la lógica es que los adultos sean quienes tengan esta tarea. Pero no me refiero solo a los maestros, padres y madres (o hermano mayor en ausencia de los antes mencionados), sino a cualquier adulto al que uno recurriese. Sin duda alguna, las maestras serian nuestro primer recurso.
A temprana edad me di cuenta de que con los primeros que no podía contar, era con ellos, maestros o profesores (ya más de grande) y casi cualquier tipo de educador. El resto de los adultos, bueno, quizás por la época en las que ellos fueron educados o quizás por el nivel social en el que me movía, no me ofrecían las respuestas que necesitaba.
Pero lo que siempre me llamo más la atención es el tema de los maestros, en mi caso, maestras, ya que en su mayoría eran mujeres.
Antiguamente, los docentes o la docencia era una cuestión institucional. Los maestros eran seres horrendos que más que enseñar asustaban y uno terminaba recordando lo enseñado, más por miedo que por capacidad del docente. Hoy en día las cosas no han variado mucho.
Cuando era chico, yo era el payaso de la clase, siempre castigado, siempre censurado y todas las llamadas de atención tenían mi nombre.
Actualmente la situación no cambio, hoy me encuentro estudiando para ser profesor de educación primaria y mis “profesores” son igual de imbéciles que cuando yo era chico, creen ser seres superiores y yo sigo siendo el payaso de la clase. Evidentemente la enseñanza no cambia y yo tampoco, con la única diferencia es que yo lo tengo claro. Sigo siendo el payaso, sigo siendo censurado por mis agudos comentarios y mi calidad de sobresalir en todo. Literalmente sobresalgo por encima de los profesores y ellos atinan solo a <<tratar>> de castigarme y humillarme para no quedar en segundo plano, nunca lo logran, pero es debido solo a su propia incapacidad.
Siempre tuve la idea de que yo no encajaba en el sistema educativo y no fue hasta hoy, que, con mis 37 años, es que pude evaluar a la educación y a sus educadores, seres despreciable, sin tacto y sin pensamiento propio o carentes de poder analítico espontaneo (o no), y muchas veces infantiles, muchas de ellas, más que los alumnos a los que intentan enseñarles algo. Seres que solo se sientan a tomar café, calentar una silla y cobrar un sueldo. Hacen las clases aburridas y poco didácticas y que creen que su sistema de enseñanza es “bueno”.
Los educadores se siguen sintiendo inhibidos por mi accionar desatinado, y por poner en evidencia a su imbecilidad. Al parecer las cosas no cambian, y yo tampoco (por suerte).

Hay un fragmento de un tango que dice: “El mundo fue y será una porquería ya lo se, en el quinientos seis y en el dos mil también”.
Creo que eso se puede aplicar a este caso.

Sergio G. Selser