Como comente en alguna
oportunidad, me he dedicado a la gastronomía durante más de una década, y este
es uno de los rubros más complicados en los que he trabajado.
Pero hoy apuntare a los
dueños, seres despreciables que son dueños de un local gastronómico y creen que
a la vez son dueños de sus empleados.
Aprovechadores y
chupadores de vidas, que creen que pueden controlar la vida privada de un
empleado, cambiándoles los horarios de trabajo a gusto y placer suyo. Que les
cuestionan por que piden un adelanto de sueldo y les exigen una explicación de
lo que van a hacer con el dinero que les corresponde por derecho. Que los hacen quedar después de que termino su turno
sin pagarles el tiempo extra con la barata excusa de que “la gastronomía es
así, se sabe cuando se entra pero no cuando se sale”. Imbéciles chupa sangres,
que se incrementas sus bolsillos a costilla de sus empleados, pagándoles la
mitad del sueldo en negro, sin hacerles los aportes jubilatorios
correspondientes porque categorizan mal a sus empleados.
Obviamente que yo no duro
demasiado en los trabajos, no me dejo avasallar ni intimidar por estos gánsters
gastronómicos, que viven amenazando con que los van a echar sin pagarles un solo centavo, o les dicen a las empleadas -¿Dónde te van a tomar con un hijo? Yo no
pago bien, pero por lo menos te doy trabajo-. Mugrientos sanguinarios
económicos que joden la vida de quienes depende para vivir.
Por eso, cada vez que
cambio de trabajo, me armo hasta los dientes legalmente y me cubro en todos los
aspectos y cada vez que puedo, les meto un juicio, muchas veces, no para cobrar
algo de plata, tan solo por no verlos en paz.
En el rubro gastronómico
soy conocido, no solo por mi aguda rebeldía, sino también por mi excelente
trabajo, y quien me haya tenido entre sus filas, sabe que soy uno de los
mejores.
Sergio G. Selser
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