Como se habrán dado
cuenta, mi espíritu inquisidor no me da descanso desde que era chico. Mis dudas
debían ser respondidas por alguien, y siendo chico, la lógica es que los
adultos sean quienes tengan esta tarea. Pero no me refiero solo a los maestros,
padres y madres (o hermano mayor en ausencia de los antes mencionados), sino a
cualquier adulto al que uno recurriese. Sin duda alguna, las maestras serian
nuestro primer recurso.
A temprana edad me di
cuenta de que con los primeros que no podía contar, era con ellos, maestros o
profesores (ya más de grande) y casi cualquier tipo de educador. El resto de
los adultos, bueno, quizás por la época en las que ellos fueron educados o
quizás por el nivel social en el que me movía, no me ofrecían las respuestas
que necesitaba.
Pero lo que siempre me
llamo más la atención es el tema de los maestros, en mi caso, maestras, ya que
en su mayoría eran mujeres.
Antiguamente, los
docentes o la docencia era una cuestión institucional. Los maestros eran seres
horrendos que más que enseñar asustaban y uno terminaba recordando lo enseñado,
más por miedo que por capacidad del docente. Hoy en día las cosas no han
variado mucho.
Cuando era chico, yo
era el payaso de la clase, siempre castigado, siempre censurado y todas las
llamadas de atención tenían mi nombre.
Actualmente la
situación no cambio, hoy me encuentro estudiando para ser profesor de educación
primaria y mis “profesores” son igual de imbéciles que cuando yo era chico,
creen ser seres superiores y yo sigo siendo el payaso de la clase.
Evidentemente la enseñanza no cambia y yo tampoco, con la única diferencia es
que yo lo tengo claro. Sigo siendo el payaso, sigo siendo censurado por mis
agudos comentarios y mi calidad de sobresalir en todo. Literalmente sobresalgo
por encima de los profesores y ellos atinan solo a <<tratar>> de
castigarme y humillarme para no quedar en segundo plano, nunca lo logran, pero
es debido solo a su propia incapacidad.
Siempre tuve la idea
de que yo no encajaba en el sistema educativo y no fue hasta hoy, que, con mis
37 años, es que pude evaluar a la educación y a sus educadores, seres despreciable,
sin tacto y sin pensamiento propio o carentes de poder analítico espontaneo (o
no), y muchas veces infantiles, muchas de ellas, más que los alumnos a los que
intentan enseñarles algo. Seres que solo se sientan a tomar café, calentar una
silla y cobrar un sueldo. Hacen las clases aburridas y poco didácticas y que
creen que su sistema de enseñanza es “bueno”.
Los educadores se
siguen sintiendo inhibidos por mi accionar desatinado, y por poner en evidencia
a su imbecilidad. Al parecer las cosas no cambian, y yo tampoco (por suerte).
Hay un fragmento de un
tango que dice: “El mundo fue y será una porquería ya lo se, en el quinientos
seis y en el dos mil también”.
Creo que eso se puede
aplicar a este caso.
Sergio G. Selser
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