Esperando
mi turno para entrar en el cajero automático, escuchaba reggae en mis walkmanes
nuevos. Los Pericos sonando a todo volumen con su tema top “el ritual de la banana” y yo rogando que esas
pilas, que se agotaban a cada rato de tanto escuchar casette, me alcanzaran
hasta salir del cajero. Entre a luchar con esas nuevas maquinas que nos hacían
(en teoría) la vida mas simple. Nunca se me hubiese ocurrido a mi, sacar una
tarjeta para tener que usar esa maquinola, pero en el trabajo nos pagaban a
través de este sistema, así que era eso, o hacer dos horas de cola para poder
sacar plata por la ventanilla del banco, el cual tenia un cajero que no era una
maquina, aunque yo tenia mis dudas, Era un muchacho medianamente joven, de piel
blanca, la cara sin una arruga como si nunca hubiese hecho ningún gesto y que movía
sus manos cual si fuese un robot.
Entre en
ese horrendo cubículo que se suponía daba algo de privacidad, no entiendo como
puede darte privacidad un cuarto hecho todo de vidrio transparente; y que para
que puedas ingresar tu clave tienes que tirarte encima del teclado para que no
vean cuando ingresa uno la clave, y con ese teclado que no parece teclado con
sus números dibujados en un cuadradito de metal donde casi ni entran los dedos.
Mientras
luchaba para que este inerte ser me de mi sueldo, escuchaba a la gente, que
estaba a fuera, impacientarse porque yo tardaba mucho. Para agilizar el tramite
le pedí ayuda al que venia atrás de mi en la fila. Ingreso al cuartucho e hizo
lo mismo que podía hacer yo o cualquier persona, ingresar mi clave y seguir las
instrucciones que te daba esa pantalla, a la cual había que mirar desde un
costado porque el reflejo del sol o te dejaba ciego o no te permitía ver lo que
pasaba. Todo esto se debía hacer en un tiempo que no era obviamente para seres
humanos comunes, había que tener cierta habilidad y rapidez para oprimir los botones
en los tiempos impuestos por “arturito”.
Ya habían
pasado más de 10 minutos desde que entre y para este entonces ya éramos 5
personas peleando con el aparato, y yo ya sabia el nombre de por lo menos tres
de ellos.
La
temperatura debía estar más o menos en los 40 º y los ánimos de las personas
rondaban en eso también. Por fin un empleado del banco nos vino a socorrer
(cosa que ninguno de nosotros se nos ocurrió,
o sea, llamar a alguien que sepa) y nos dijo después de que ya llevábamos mas
de 20 minutos de batalla que el cajero no funcionaba y que por favor pasáramos
por la ventanilla.
Salí
después de 2 semanas (por lo menos así lo sentí) del banco y con mi sueldo en
la mano, feliz por eso pero aterrado al mismo tiempo porque al igual que la
mujeres, voy a tener que padecer un dolor insoportable todos lo meses.
Sergio G. Selser
No hay comentarios:
Publicar un comentario