Salí de
casa temprano. La luz de la mañana apenas se asomaba por un costado de la calle
por la que caminaba. Con las manos en los bolsillos y los hombros levantados,
mis pasos sonaban y se perdían en el eco que me devolvían los edificios.
Llegue a la
calle numero nueve y saque el papel que tenia la dirección a la que iba, calle
nueve, número nueve, departamento nueve. Toque el timbre y salio una hermosa
mujer. Me sonrío y me invito a pasar. Me senté en una sala de espera. Prendí un
cigarrillo, solo estaba yo en aquel lugar. De reojo miraba a la recepcionista
para ver si su expresión me indicaba algo y para contemplar su maravilloso
escote.
La puerta
se abrió y una mano me indico que entrara. Tire la mitad del cigarrillo al piso
y lo apague con la punta de mi zapato izquierdo.
Me senté
frente a un escritorio. Un hombre alto de expresión obscura y sin la menor intención
de ser simpático me pregunto:
-
Bueno
¿y que es lo que quiere a cambio?
-
Lo
que todo el mundo, fama, fortuna, mujeres -. Le dije sin titubear.
-
Muy
bien, y tiene claro cual es el precio por eso ¿verdad? -. Me dijo.
-
Una
nimiedad- dije sonriendo- solo mi triste alma.
-
Muy
bien, siendo así, firme en la línea de puntos.
Puse mi
firma en la línea punteada y devolví la lapicera. Ya quería empezar mi nueva
vida, llena de las cosas que siempre había querido.
-
Valla
a casa, mañana cuando se levante recibirá todo lo que pidió -. Le dijo el dueño
de su contrato.
Cerré la puerta y salí del lugar. Mientras
caminaba escuchaba una risotada horrenda que provenía de a tras mío. Me detuve
y saque de mi chaqueta la copia del contrato y solo había cinco palabras en
letras grandes “TU ALMA YA ES MIA”.
Desde el balcón de aquel edificio unos ojos
enormes y rojos observaban al muchacho leyendo un papel parado en la esquina.
- Un estupido nuevo nace cada día -. Dijo el
dueño del contrato de aquel que se acababa de ir. – No se dan cuenta que sus
almas ya están condenadas antes de firmar.
Una horrenda frenada se escucho en aquella esquina
y un crujir de huesos rotos. Un camión a toda velocidad y sin frenos arrastro con
la parada del autobús y se llevo al otro lado a un joven con cara de haberlo
tenido todo.
Sergio G. Selser
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