jueves, 15 de marzo de 2012

¿Le crees al Diablo? estas muerto


Salí de casa temprano. La luz de la mañana apenas se asomaba por un costado de la calle por la que caminaba. Con las manos en los bolsillos y los hombros levantados, mis pasos sonaban y se perdían en el eco que me devolvían los edificios.
Llegue a la calle numero nueve y saque el papel que tenia la dirección a la que iba, calle nueve, número nueve, departamento nueve. Toque el timbre y salio una hermosa mujer. Me sonrío y me invito a pasar. Me senté en una sala de espera. Prendí un cigarrillo, solo estaba yo en aquel lugar. De reojo miraba a la recepcionista para ver si su expresión me indicaba algo y para contemplar su maravilloso escote.
La puerta se abrió y una mano me indico que entrara. Tire la mitad del cigarrillo al piso y lo apague con la punta de mi zapato izquierdo.
Me senté frente a un escritorio. Un hombre alto de expresión obscura y sin la menor intención de ser simpático me pregunto:
-         Bueno ¿y que es lo que quiere a cambio?
-         Lo que todo el mundo, fama, fortuna, mujeres -. Le dije sin titubear.
-         Muy bien, y tiene claro cual es el precio por eso ¿verdad? -. Me dijo.
-         Una nimiedad- dije sonriendo- solo mi triste alma.
-         Muy bien, siendo así, firme en la línea de puntos.
Puse mi firma en la línea punteada y devolví la lapicera. Ya quería empezar mi nueva vida, llena de las cosas que siempre había querido.
-         Valla a casa, mañana cuando se levante recibirá todo lo que pidió -. Le dijo el dueño de su contrato.
Cerré la puerta y salí del lugar. Mientras caminaba escuchaba una risotada horrenda que provenía de a tras mío. Me detuve y saque de mi chaqueta la copia del contrato y solo había cinco palabras en letras grandes “TU ALMA YA ES MIA”.
Desde el balcón de aquel edificio unos ojos enormes y rojos observaban al muchacho leyendo un papel parado en la esquina.
- Un estupido nuevo nace cada día -. Dijo el dueño del contrato de aquel que se acababa de ir. – No se dan cuenta que sus almas ya están condenadas antes de firmar.
Una horrenda frenada se escucho en aquella esquina y un crujir de huesos rotos. Un camión a toda velocidad y sin frenos arrastro con la parada del autobús y se llevo al otro lado a un joven con cara de haberlo tenido todo. 

Sergio G. Selser

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