En varias ocasiones he
escuchado comparaciones entre los animales y los seres humanos, sobre todo con
los animales domésticos, perros, gatos, etcétera. Frases estúpidas dichas por
los defensores de los animales, me hacen hervir la sangre. Una vez una
compañera de trabajo a la que le hice referencia que a mí en lo particular me
eran indiferentes los animales, salto de su silla y con un fanatismo pocas veces
visto me dijo a voz en cuello: –“¿Cómo pueden serte indiferente los perros?
Ellos no conocen la palabra rencor”- a lo que mi aguda, automática e hiriente
respuesta fue –“bueno, pero tampoco conocen la palabra xilófono”-. Obviamente
no me hablo por muchos días, lo cual le dio un hermoso respiro a mi ser, ya que
no suelo interactuar con imbéciles y falsos defensores de causas inexistentes.
Los animales no son lo
mejor de este planeta aunque así lo quieran hacer parecer muchos, los Leones,
sin ir más lejos, cada vez que toman una nueva manada, matan a todos los
cachorros que no son de él para evitar que alguno le quiera robar el trono
cuando crezca. En los gorilas, el macho alfa mata a cualquiera que quiera
destronarlo y es el único encargado de copular con las hembras. La araña viuda
negra, mata al macho después aparearse. Los elefantes abandonan a sus crías si
luego de nacer no logran pararse rápidamente. Y así podríamos describir una
larga lista de animales y sus horrendas costumbres. Claro que la excusa
habitual es que ellos siguen sus instintos (como si el ser humano careciera de
ellos), y que nosotros como seres pensantes, deberíamos dominarlos.
Los animales viven y ese
es su único trabajo, no son más inteligentes que los seres humanos, no son mejores
que nosotros y aunque no conozcan la palabra rencor, eso no los convierte en
algo bueno. No estoy en contra de su existencia, cuento en mi haber con dos
gatos y dos perros, pero ninguno de ellos me ayuda en la limpieza de la casa ni
en el preparado del almuerzo.
Tengan animales aquellos
que en verdad se van a ocupar de ellos, he visto como muchos se jactan de la
cantidad o pedigrí de sus mascotas, y luego no les cambian ni siquiera el agua.
Una vez la tía de una ex
amiga mía, en una charla sobre gatos (no hay nada que me moleste más que perder
el tiempo hablando de seres a quienes no le importan lo que digamos), me dijo
una de las frases más estúpidas del mundo en referencia a su propio gato:
-“¿sabías que los gatos son más inteligentes que nosotros?”- con el aire y la
mirada de quien cuenta con los conocimientos que nadie más posee; mi ira, mi
sarcasmo, mi intolerancia y mi falta de respeto salieron de mi cuerpo con la
fuerza de un tornado y dije:
-“si es tan inteligente tu
gato, dile a ese mugriento cuadrúpedo que me prepare un café a ver si puede
hacerlo”-
Ahora ya saben por qué
dije al principio, una ex amiga.
Sergio G. Selser
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