Y ahí me
encontraba, con el arma aun en mi mano, mirando el cuerpo de mi mujer cubierto
de sangre, las sirenas de la policía
acercándose cada vez más. ¿Y todo esto por qué? Solo por no decirnos las cosas
cuando debíamos, dejando que se sumen unas con otras.
Se escuchó
el frenar de un auto. Una voz me gritaba algo que no entendía. Un golpe en la
puerta y miles de pasos que parecían seguirse unos con otros se acercaban a mí.
Una luz brillante me dio justo en el rostro.
-
¡Suelte
el arma! - Me grito no sé quien.
Lo mire y
miré a mi mujer, con todo ese amor que siempre le tuve, todo ese inmenso amor
que se había evaporado en tan solo un segundo. Volví a mirar al policía y en la
mirada él pudo ver lo que ya sabía.
-
No
quería que terminara así -. Dije y puse la pistola en mi cien mientras que con
la otra mano señalaba a mi compañera de siempre.
-
Lo
sé. Solo sucedió- El oficial, trató de calmarlo con la voz más tranquila que
pudo.- Déme el arma y conversemos un rato.
No hubo conversación, solo un ruido infernal,
un destello y otro cuerpo para llevar a la morgue.
Sergio G. Selser
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