Las cuatro treinta de la madrugada. Hacía frió, la brisa fresca golpeaba suavemente mi rostro cansado, yo la disfrutaba con los ojos cerrados. Sentado en la estación, esperando a que llegue el tren, hice un repaso de mi vida. Recordé cuando era joven y recién me casaba, cuando llego mi primer hijo y la noticia del segundo. Hoy estoy aquí solo, ya no soy joven, mi mujer hace rato que partió y mis hijos… bueno no tienen tiempo de ocuparse de un viejo. El suave rugir de las ruedas del tren acercándose a la estación me trajo de nuevo a la realidad. Me pare y pase mi bastón a la mano derecha. Camine unos pasos y dejé que ese tren que no paraba en esa estación, se lleve con el todas mis penas.
Sergio Selser
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