Lluvia
torrencial. Rayos y relámpagos golpeando fuera del galpón donde me encontraba.
Ahí estaba yo, arrodillado con las manos sobre mis rodillas y los dedos
entrelazados rogando que sucediera algo que me salvara pero al mismo tiempo,
rendido y entregado.
-¿Cómo
llegue a esta situación?- Me preguntaba una y otra vez.
Un hombre
alto, calvo y de mirada sin alma me apuntaba a la cabeza con su revolver,
esperando recibir esa llamada a su celular que le ordenaría que jale el gatillo.
De repente,
el teléfono suena. La figura de un hombre con un arma en la mano se desdibuja
en el contorno del marco de la entrada al galpón donde nos encontrábamos. Se acercó a
nosotros, puso su arma en la cabeza de mi futuro asesino y le voló los sesos. Cayó
inmediatamente y aun con esa expresión de nada en su rostro. Levanté la vista,
miré quien era el hombre misterioso, no podía creer lo que veía, era yo. No
supe qué decir o decirme.
Me di media vuelta y me fui, con el arma en la mano, dejándome aun con las manos en las rodillas y los dedos entrelazados, dándome una nueva oportunidad en esta vida.
Me di media vuelta y me fui, con el arma en la mano, dejándome aun con las manos en las rodillas y los dedos entrelazados, dándome una nueva oportunidad en esta vida.
Sergio G. Selser
No hay comentarios:
Publicar un comentario