domingo, 13 de mayo de 2012

El cuento infinito (sin fin)



Las luces de un auto que venia en sentido contrario me hicieron frenar sobre un costado de la ruta. Cansado de manejar, decidí pasar la noche en el siguiente pueblo.
Mientras cargaba gasolina en una estación de servicios al costado de una ruta  poco transitada, miraba el mapa apoyado en el capot de mi viejo chevy.
Le pregunte al muchacho que le cargaba combustible a mi auto si conocía algún lugar donde pudiese pasar la noche cerca de allí, me dijo que a unos veinte minutos había un pueblo y que tenía un pequeño hotel. Mire mi mapa pero no figuraba ningún pueblo y mucho menos un hotel, pero mi mapa era viejo, así que seguí las instrucciones del encargado de la gasolinera.
Cerca de los veinte minutos de viaje, vi a lo lejos unas luces. Llegue a la entrada del pueblo el cartel decía “Saliendo de  cityell”, no le preste atención en ese momento, supuse que estaba mal colocado, debería decir bienvenido o entrando, pero con lo cansado que estaba no le di demasiada importancia.
Estacione mi auto frente al hotel. La puerta de entrada se veía vieja y desgastada, la luz del portal se apagaba y prendía a cada rato, como si estuviese en cortocircuito. Pase mi maleta de la mano derecha a la izquierda y gire el picaporte. El chillido suave de las bisagras oxidadas acompaño a mi brazo mientras empujaba la puerta hacia adentro. Asome la cabeza antes de meter mi cuerpo en aquel antro. Camine hasta el mostrador y con cada paso que resonaba en la sala de al lado, mi corazón se aceleraba un poco mas. Toque el timbre mientras miraba a mí alrededor buscando alguna señal de vida. Mire a la izquierda y no había indicios de que nadie estuviese por allí. Gire a la derecha y de repente pegue un grito de asombro, tenia a mi lado a una horrenda mujer casi pegada a mi rostro.
-         Disculpe mi asombro, pensé que no había nadie.- Le dije a la anciana.
Sin mover un solo músculo de su cara, camino hasta el otro lado del mostrador a paso lento. Muy lento. Saco un libro polvoriento, lo abrió y me dio un lápiz, me indico un renglón donde debía poner mi nombre para registrarme. La mire y luego baje la mirada para escribir, mientras lo hacia, observe que el ultimo que lo había hecho había sido hace varios meces y pensé que ese lugar no era muy popular por lo visto y sonreí hacia mis adentros. Levante la vista para devolver el lápiz y ya no había nadie. Con la mano levantada y mi total asombro, recorrí con la mirada todo el lugar nuevamente. Un joven un poco rengo se acercaba desde la sala contigua. Tomo mi maleta y me hizo un gesto moviendo su cabeza para que lo siguiera. Aparentemente nadie hablaba en ese lugar.
Llegamos a mi habitación. Entre y le di un billete al muchacho.
-Gracias y nos vemos mañana-. Dije y me hizo una leve sonrisa que no me gusto nada.
-Lárguese antes del amanecer-. Me dijo en vos muy baja y me señalo su reloj, decía las cinco y trece. Creo que esa seria la hora de la salida del sol.
-¿Por qué? ¿Qué pasa si decido quedarme más tiempo? - Salio sin decir mas.
No entendía nada de lo que sucedía y por fin el cansancio me venció. Cerré la puerta y me tire en la cama, con ropa y todo, ni siquiera alcance a soltar las llaves que tenia en la mano. A eso de las cuatro de la madrugada un murmullo me despertó.
-         ¿Qué le has dicho? - Se escucho fuera de mi habitación. Me pareció que era la voz de la anciana que me registro. Tenia que ser ella, no parecía haber nadie en ese lugar más que ella, el muchacho y yo.
-         Nada, te juro que no le dije nada.- Dijo la que era sin duda, la voz del mi maletero.


Me levante y abrí muy lentamente la puerta de la habitación. Mire hacia fuera y los vi forcejeando en el pasillo. El reloj de pared que había en el cuarto, giraba para todos lados. Cerré la puerta y me fui a mojar la cara. No podía entender nada de lo que pasaba. Creí estar soñando aun.
Volví a la puerta para ver si podía escuchar un poco más.
-         Mira, si le has dicho algo… -Amenazo la anciana.
-         De verdad, no le dije nada. -Argumento el chico y se soltó de de la mano que le había sujetado su brazo.
Cerré despacio la puerta y me senté por un instante en la cama a tratar de ordenar mis ideas.
Me levante y me asome una vez más. Un hombre alto se acerba por el corredor. En la mano izquierda tenia una bolsa de plástico, en la otra un rifle. Sentí que me miraba y que su mirada llegaba hasta mis pensamientos.
Trabe la puerta y junte mis cosas. Abrí la ventana y las lance hacia fuera. Cuando puse mi pierna sobre el borde, sentí un disparo que hizo un gran agujero en el medio de la puerta. De un golpe, el portador del rifle y la bolsa, rompió todo lo que se interponía entre el y yo. Salte desde donde estaba y me doble el pie al caer. Corrí sin mirar hacia atrás hasta mi auto arrastrando mi maleta y mi pierna derecha.
Abrí la puerta y tire todo lo que tenia en la mano en el asiento del acompañante y encendí el motor. Escuche otro disparo, las manos me temblaban muchísimo. Puse el motor en primera y cuando pise el acelerador tenia la punta del rifle justo sobre mi ojo izquierdo. Cerré los ojos y acelere rogando, esperando, que no le saliera el disparo. Al abrir los ojos nuevamente, mire por el espejo retrovisor y lo vi corriendo hacia mi. Arrojo la bolsa y el rifle y salto sobre el baúl del automóvil. Sus ojos eran totalmente negros. El reloj de mi tablero marcaba las cinco y trece. Volví a mirar por el espejo y pude ver como esa horrible criatura desaparecía ante mis ojos llenos de asombro y desconcierto.     

Las luces de un auto que venia en sentido contrario me hicieron frenar sobre un costado de la ruta. Cansado de manejar decidí pasar la noche en el siguiente pueblo.

Sergio G. Selser

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