A los treinta
y cinco años ya la vida me empezaba a pesar. Un poco cansado de la rutina.
Un viernes
después de trabajar, me senté en una banca de la plaza que estaba a un par de
cuadras de mi casa. Saque mi cigarrillo de la marca “Mar iguana” y me puse a
fumar mirando hacia el cielo. Con mis manos atrás de mi nuca me recosté en el
pasto. Me deje llevar por la brisa que recorría mi cara. Mis pensamientos me
llevaron por los caminos del amor, una novia perdida, un beso olvidado. También
me llevo de paseo por mi infancia, los días en los que estuve en la primaria,
¿cuantas cosas que me acordaba y que me encantaría hacer de nuevo? Besar a
aquella niña que me gustaba y no me anime. Decirle a la maestra que no me caía
nada bien y lo fea que era. Pero bueno, lo hecho, hecho esta.
El sol se
estaba yendo así que pensé que ya era hora de volver.
Llegue a mi
casa y me acosté sin cenar. Estaba más cansado que hambriento.
A la mañana
siguiente me desperté mejor que nunca. Me sentía… joven.
Mire hacia
la ventana, el sol de la mañana me daba justo en la cara. Pude ver la silueta
de alguien a través de mis ojos achinados. Trate de tapar el sol con la mano
izquierda y reconocí el rostro de mi mama.
-
Ya
es hora de levantarse -. La escuche decir.
-
¿Mamá?
– Le pregunte con un tono de voz que definitivamente no era el mío.
-
No,
soy papa Noel y es navidad -. Respondió riéndose – Claro que mamá, ¿Quién creías
que era?
Me quede
mudo. Mire a mi alrededor y estaba en mi cama, mejor dicho, en mi cama cuando vivía
con mis padres y era un chico de doce años.
Me levante
de la cama, muy tranquilamente y me mire al espejo. No quería ver lo que ya
sabia, sabia que el espejo me devolvería la imagen de un muchacho, un muchacho
que seria yo. Camine despacio hacia el baño, mi mamá había bajado a prepararme
el desayuno. Gire la llave de la ducha y deje que un chorro de agua golpee mi
cabeza para ver si me podía despertar de este sueño. Me moje bien la cabeza y
la cara. Con las manos y la cabeza empapadas, busque una toalla de manos que tenia
a mi izquierda. Con lo ojos cerrados me seque la cara y el pelo. Me volví a
mirar en el espejo del baño y ahí estaba ese rostro juvenil.
No tenía más
remedio que bajar a desayunar. Teniendo en cuenta que mi mamá hacia las
tostadas mas ricas del mundo, quien se podía preocupar por otra cosa, quien no
quiere unos mimos de vez en cuando.
Me senté a
la mesa donde ya me esperaba mi leche con un poco de café. Mi papá me miro por
encima del diario que estaba leyendo y me hizo su típica sonrisa mañanera para
saludarme. Todo parecía estar normal, por lo menos para ellos. Mi hermano salio
del baño y se sentó junto a mi, siempre me seguía a todos lados cuando éramos
chicos.
Me prepare
para ir a la escuela, busque mi guardapolvo blanco y mi mochila. Camine las dos
cuadras que tenia hasta la escuela. Miraba las casas del vecindario buscando
algún indicio de lo que estaba pasando. Los vecinos me saludaban como lo
hicieron siempre.
Al llegar vi
esa multitud de chicos corriendo para todos lados, Guillermo, mi mejor amigo,
me esperaba en la puerta, siempre fue así, el sabia que yo llegaba justo sobre
la hora, parece ser que algunas cosas no han cambiado (pensé). Lo salude y
entramos. Me senté en el banco de siempre, ni muy adelante ni muy atrás. Hice
una rápida recorrida con la vista para ver a mis nuevos antiguos compañeros. La
chica que me gustaba se sentaba junto a mi banco, la mire y aun me parecía
preciosa, claro que mi mirada hacia ella ya no era la misma, a pesar de que yo
ahora lucia como un chico de su edad, en realidad no lo era, pero pensé que
seria una buena oportunidad para decirle aquello que no me había animado antes,
yo era un hombre ahora y eso no debería ser nada difícil. Me acerque y la
salude con el aire de ganador que siempre me caracterizo, ella me miro y me
congele. - No puede ser -. Me dije en vos baja, ya soy un adulto. – Vamos
labios, muévanse -. Me decía a mi mismo.
Me senté de
nuevo y deje pasar la oportunidad, la segunda oportunidad de decirle lo linda
que era. Bueno, quizá mas tarde pueda resolver esto, me decía. La maestra entro
y casi sin pensarlo hice el comentario que siempre me metía en problemas, le
dije a mi amigo el parecido que tenia la maestra con un canario. Uno de mis
compañeros había hecho un dibujo y me lo paso, largue una carcajada que
automáticamente llamo la atención de todos. La maestra corto la risa con su típica
frase; - A ver, ese que se ríe tanto, ¿Por qué no nos cuenta así nos reímos
todos?- Como odiaba eso. Guarde el dibujo en mi bolsillo y mire como si nada hubiese
pasado. La maestra se acerco a mi asiento y me dijo que le mostrara por que me reía,
yo era rebelde, pero no delataría jamás a un compañero. Como siempre termine
sentado en la puerta de la dirección, los maestros tenían la idea que dejándome
sin estudiar un día, yo aprendería algún tipo de lección, nunca la aprendí,
porque nunca supe que era lo que debía aprender. Como correspondía a un
muchacho con mis características, no hice caso en eso de pararme en la puerta
de la dirección y me senté en el piso. Apoyé mi cabeza en la pared y junto a mi
paso la portera del colegio y me sonrío, siempre me veía en esa situación. Cerré
los ojos y me sonreí. Pensé en aquel momento en el que me había acostado en la
plaza a fumar mi cigarrillo de la risa y de los pensamientos que tenia en aquel
momento, de cómo no pude, aun teniendo una segunda oportunidad, hablar con la
chica que me gustaba o decirle a la maestra lo fea que era. El sonido de una
campanilla me hizo abrir los ojos, al parecer me había dormido por un instante.
Creí que era la campana del recreo, pero no, era ese maldito despertador que me
recordaba cada mañana que ya no era un chico de doce años.
Sergio G. Selser
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