miércoles, 23 de mayo de 2012

Vida soñada


A los treinta y cinco años ya la vida me empezaba a pesar. Un poco cansado de la rutina.
Un viernes después de trabajar, me senté en una banca de la plaza que estaba a un par de cuadras de mi casa. Saque mi cigarrillo de la marca “Mar iguana” y me puse a fumar mirando hacia el cielo. Con mis manos atrás de mi nuca me recosté en el pasto. Me deje llevar por la brisa que recorría mi cara. Mis pensamientos me llevaron por los caminos del amor, una novia perdida, un beso olvidado. También me llevo de paseo por mi infancia, los días en los que estuve en la primaria, ¿cuantas cosas que me acordaba y que me encantaría hacer de nuevo? Besar a aquella niña que me gustaba y no me anime. Decirle a la maestra que no me caía nada bien y lo fea que era. Pero bueno, lo hecho, hecho esta.
El sol se estaba yendo así que pensé que ya era hora de volver.
Llegue a mi casa y me acosté sin cenar. Estaba más cansado que hambriento.
A la mañana siguiente me desperté mejor que nunca. Me sentía… joven.
Mire hacia la ventana, el sol de la mañana me daba justo en la cara. Pude ver la silueta de alguien a través de mis ojos achinados. Trate de tapar el sol con la mano izquierda y reconocí el rostro de mi mama.
-         Ya es hora de levantarse -. La escuche decir.
-         ¿Mamá? – Le pregunte con un tono de voz que definitivamente no era el mío.
-         No, soy papa Noel y es navidad -. Respondió riéndose – Claro que mamá, ¿Quién creías que era?
Me quede mudo. Mire a mi alrededor y estaba en mi cama, mejor dicho, en mi cama cuando vivía con mis padres y era un chico de doce años.
Me levante de la cama, muy tranquilamente y me mire al espejo. No quería ver lo que ya sabia, sabia que el espejo me devolvería la imagen de un muchacho, un muchacho que seria yo. Camine despacio hacia el baño, mi mamá había bajado a prepararme el desayuno. Gire la llave de la ducha y deje que un chorro de agua golpee mi cabeza para ver si me podía despertar de este sueño. Me moje bien la cabeza y la cara. Con las manos y la cabeza empapadas, busque una toalla de manos que tenia a mi izquierda. Con lo ojos cerrados me seque la cara y el pelo. Me volví a mirar en el espejo del baño y ahí estaba ese rostro juvenil.
No tenía más remedio que bajar a desayunar. Teniendo en cuenta que mi mamá hacia las tostadas mas ricas del mundo, quien se podía preocupar por otra cosa, quien no quiere unos mimos de vez en cuando.
Me senté a la mesa donde ya me esperaba mi leche con un poco de café. Mi papá me miro por encima del diario que estaba leyendo y me hizo su típica sonrisa mañanera para saludarme. Todo parecía estar normal, por lo menos para ellos. Mi hermano salio del baño y se sentó junto a mi, siempre me seguía a todos lados cuando éramos chicos.
Me prepare para ir a la escuela, busque mi guardapolvo blanco y mi mochila. Camine las dos cuadras que tenia hasta la escuela. Miraba las casas del vecindario buscando algún indicio de lo que estaba pasando. Los vecinos me saludaban como lo hicieron siempre.
Al llegar vi esa multitud de chicos corriendo para todos lados, Guillermo, mi mejor amigo, me esperaba en la puerta, siempre fue así, el sabia que yo llegaba justo sobre la hora, parece ser que algunas cosas no han cambiado (pensé). Lo salude y entramos. Me senté en el banco de siempre, ni muy adelante ni muy atrás. Hice una rápida recorrida con la vista para ver a mis nuevos antiguos compañeros. La chica que me gustaba se sentaba junto a mi banco, la mire y aun me parecía preciosa, claro que mi mirada hacia ella ya no era la misma, a pesar de que yo ahora lucia como un chico de su edad, en realidad no lo era, pero pensé que seria una buena oportunidad para decirle aquello que no me había animado antes, yo era un hombre ahora y eso no debería ser nada difícil. Me acerque y la salude con el aire de ganador que siempre me caracterizo, ella me miro y me congele. - No puede ser -. Me dije en vos baja, ya soy un adulto. – Vamos labios, muévanse -. Me decía a mi mismo.
Me senté de nuevo y deje pasar la oportunidad, la segunda oportunidad de decirle lo linda que era. Bueno, quizá mas tarde pueda resolver esto, me decía. La maestra entro y casi sin pensarlo hice el comentario que siempre me metía en problemas, le dije a mi amigo el parecido que tenia la maestra con un canario. Uno de mis compañeros había hecho un dibujo y me lo paso, largue una carcajada que automáticamente llamo la atención de todos. La maestra corto la risa con su típica frase; - A ver, ese que se ríe tanto, ¿Por qué no nos cuenta así nos reímos todos?- Como odiaba eso. Guarde el dibujo en mi bolsillo y mire como si nada hubiese pasado. La maestra se acerco a mi asiento y me dijo que le mostrara por que me reía, yo era rebelde, pero no delataría jamás a un compañero. Como siempre termine sentado en la puerta de la dirección, los maestros tenían la idea que dejándome sin estudiar un día, yo aprendería algún tipo de lección, nunca la aprendí, porque nunca supe que era lo que debía aprender. Como correspondía a un muchacho con mis características, no hice caso en eso de pararme en la puerta de la dirección y me senté en el piso. Apoyé mi cabeza en la pared y junto a mi paso la portera del colegio y me sonrío, siempre me veía en esa situación. Cerré los ojos y me sonreí. Pensé en aquel momento en el que me había acostado en la plaza a fumar mi cigarrillo de la risa y de los pensamientos que tenia en aquel momento, de cómo no pude, aun teniendo una segunda oportunidad, hablar con la chica que me gustaba o decirle a la maestra lo fea que era. El sonido de una campanilla me hizo abrir los ojos, al parecer me había dormido por un instante. Creí que era la campana del recreo, pero no, era ese maldito despertador que me recordaba cada mañana que ya no era un chico de doce años.   

Sergio G. Selser

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