Cuantas veces habrán
escuchado alguna afirmación tratando de hacerse pasar por palabras sabias.
Frases espeluznantes que parecieran encubrir un dejo de verdad, tras aquella
rima barata y asonante; “lo que no mata, engorda”, “más sabe el diablo por
viejo que por diablo”, o la peor de todas, “los celosos son inseguros”.
Confesé en algún monologo
sin sentido, que era (y sigo siendo) <<celoso>>, a lo que mis
interlocutores, casi al unisonó y casi a coro, me dijeron: -“eso es porque eres
inseguro”-. No sabía que para amar a alguien, se debía comprar un “seguro”; lo
peor de todo, es no saber qué tipo de seguro debo comprar, uno de vida, uno
contra incendios o contra todo riesgo, aunque para mi, contra terceros parecía
lo más correcto, ya que solo uno de los dos saldría dañado, y, peor aún, es
tampoco saber si se lo debía sacar a ella o a mí al no conocer quién sería el
perjudicado.
Como siempre y ante una de
estos tantos ataques imbéciles que recibo, aun, tras el desconocimiento del
atacante, me senté a reflexionar si la seguridad, o mejor dicho, la carencia de
ella, estaban relacionadas directamente con los celos.
Los celos, según mi
parecer, en cuanto a amores se refiere, viene por el temor de la pérdida de un
ser que amamos, o mejor dicho, el temor de la usurpación o robo, de alguien a
quien amamos, provocado por la idea de que ese alguien nos pertenece tan solo
por el hecho de que nosotros, nos permitimos pertenecerle.
Creo que ese temor a la
pérdida, es los que nos permite estar alertas a las necesidades y pedidos
“ocultos” de quien amamos. Un abrazo en momento de debilidad, un beso ante la
necesidad de una sensación, un “te quiero” ante la búsqueda de un sonido
agradable.
Los celos tienen muy mala fama,
que más quiere uno que el hecho de que lo celen un poco. Sentirse deseado, que
duden y dudar de la posibilidad de ser secuestrados por otro que escucho la
necesidad en el momento indicado.
Soy celoso, y de aquellos
que no dicen nada en el momento en el que los celos me incendian por dentro,
tan solo porque alguien miro a esa mujer que yo descubrí y que es la mejor del
mundo, y hasta ese momento, era mi secreto y mi tesoro oculto, hoy hay otro que
encontró una “copia” del mapa que indica su existencia, solo le resta, saber
como buscarlo.
Sergio G. Selser
No hay comentarios:
Publicar un comentario