La
lluvia caía suavemente haciendo surcos indescifrables a través del vidrio de la
ventana que daba al patio. El piso mojado por completo no me invitaba a salir a
contemplar esas maravillosas gotas que llegaban desde miles de kilómetros de
distancia desde ese cielo gris.
Con la
frente apoyada en el vidrio mi mente me daba un paseo por mi horrible vida. Me
di cuenta que la mayor parte de mi niñez se había esfumado y que solo una
pequeña porción de recuerdos me acompañaba y me torturaba. Ya no recuerdo a mis
amigos de la infancia, ni la escuela, ni siquiera un solo recuerdo de alguna
maestra.
El
silbido del agua hirviendo me recordó que estaba preparando algo caliente para
tomar. Volqué el agua en la taza y fije la mirada en las hebras que iban
tiñendo de a poco todo el contenido. Acerque la taza a mi boca y deje por unos
instantes que el aroma invadiera mi cerebro, combinándolo con el paisaje de la
lluvia que se intensificaba cada vez más. Mis lágrimas hacían pequeñas
explosiones al tocar mi bebida.
Sentado
en mi cama sostenía mi taza con la mano izquierda, con la derecha, seguía los
surcos que le daban forma al cuchillo. Apoye mi taza en la mesita de noche he
introduje el frío metal en mi muñeca. Mientras terminaba mi taza de té, el
sueño y la sangre me iban llevando de a poco a ese lugar donde siempre había
querido estar.
Sergio
G. Selser
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