viernes, 5 de octubre de 2012

Si Dios existe, ¿entonces…?


De chico me llamaban la atención muchas cosas. Siempre acudía a los mayores creyendo (que inocente que era entonces) que ellos tenían, o deberían tener, las respuestas.
Los Domingos me llevaban a la iglesia, tome la comunión e hice todos los rituales concernientes a las creencias católicas; claro que impulsado por mis padres, quienes son católicos y al igual que con el fútbol  donde los padres tratan de hacer a sus hijos simpatizantes del equipo que ellos veneran, intentaron ingresar en mis gustos, las (sus) creencias religiosas.
Mientras iba creciendo y, debido a mi interés por las ciencias y las respuestas a las preguntas sin respuestas, me iba alejando más de estas ideas etéreas. Pero no me alejo lo suficiente como para querer dejar de lado un tema tan importante como lo es la religión. Como es mi costumbre, comencé a buscarle el lado racional a este asunto y para conseguir una respuesta optima para mí, me pregunte si existe Dios, pregunta la cual derivo en una segunda parte de esta primera incógnita.
Arranque como siempre preguntándole a los seres menos inteligentes (los adultos) terminando en mi casa, donde ni siquiera me tome la molestia de preguntar si Dios existía, teniendo en cuenta que rezábamos al sentarnos a la mesa a almorzar. La respuesta parecía ser la de las masas,-“claro que existe”, sino, ¿Cómo explicarías la creación del universo?-. Mi respuesta irrespetuosa habitual era (y sigue siendo) –A través de los hechos científicos y demostrables-. Pero llegue a un inevitable callejón sin salida, por cada prueba científica que encontraba, existía una prueba religiosa igual de valida a la primera. Así que por más que buscara y buscara, en iguales cantidades se iban presentando evidencias.
De aquí se desprendió la segunda parte de la pregunta inicial ¿Existe Dios?, la cual era ¿es importante definir su existencia o su inexistencia? Esta pregunta me parecía más natural y más interesante de resolver. Y ahí fui, en busca de esta respuesta, acudiendo siempre primero a los adultos y luego dejando que mi razón y mi tesón me guíen por el camino correcto.  Lo primero que hice fue preguntarme a mi mismo si era importante conocer la existencia o no de Dios. Mi respuesta fue, no. Obviamente que no, no cambiaría en nada mi vida, si existe qué bueno y sino, es decir, de no existir, en el peor de los casos, no pasaría nada, más que los que nos depare nuestro universo a su entero capricho.
Me encanta cuando llego a las respuestas y me pongo contento por unos escasos tres o cuatro segundos, ya que la solución a las incógnitas son lindas mientras se las busca y su belleza dura hasta que las descubres, luego un vacío enorme y a continuación la necesidad de hacerte más preguntas.


Sergio G. Selser

No hay comentarios:

Publicar un comentario