miércoles, 3 de octubre de 2012

Inteligencia ¿bendición o castigo?


De chico en la escuela siempre fui catalogado como el rebelde de la clase, bajas notas, malas conductas y siempre castigado por maestras, directoras, o cualquier docente o directivo de la institución. Nunca faltaba un motivo por el cual llamarme la atención.
Mi actitud me brindo ganancias y pérdidas. Mi semblante de sobrador me dio ventaja sobre el resto de mis compañeros varones en cuanto a las señoritas, a todas (o mejor dicho a algunas) les encantaba mi actitud de “chico malo” hasta a las más recatadas a quienes encaraba con más empeño.
Nunca hacia la tarea, jamás leía los libros que me daban para leer y del cual se tomaría seguramente una evaluación, pero, de alguna forma, termine la escuela primaria. Hasta el día de hoy no sé cómo paso, mi conclusión es que los profesores en el último año me hicieron aprobar con tal de no tener que verme más. Esa sería la solución más lógica.
El secundario no fue muy distinto a mis primeros siete años de primaria, uno no cambia (o por lo menos yo no lo hice) cuando pasa a la segunda parte de su enseñanza. Continúe con mi actitud del tipo que se las sabe todas, mis notas escolares dan crédito a mis palabras, estuve a punto de dejar mis estudios varias veces creyendo que era mejor trabajar que estudiar, que la escuela no estaba hecha para mí. Mi referencia a este pensamiento eran mis padres, los cuales no habían terminado (ninguno de los dos) su enseñanza media y aun así, tenían hijos y les daban de comer todos los días, los vestían y los mandaban a la escuela. Así que como es de esperarse, deje los estudios y me puse a trabajar.  
Alrededor de los seis años, estaba con un dolor de estomago tremendo y me preguntaba ¿Por qué el dolor de estomago difería en sensación a otros dolores internos? Y ese fue, según recuerdo yo, el momento que desencadeno lo que anteriormente describí, mi escruta rebeldía.
Quizás no encuentren la relación, pero a lo que me refiero es que de ahí en adelante fue que empecé a cuestionarme las cosas que me sucedían. Como corresponde a un chico de esa edad, no sabía a quién preguntarle y acudía a las personas que para mí, debían tener las respuestas, mis padres, porque a esa altura ya sabía o me había dado cuenta que no podía acudir a los maestros, nunca explicaban nada y si uno tenía la ocurrencia de cuestionar algo (más en mi caso) nos daban un fantástico –“porque si”- y ahí cerraban todo.
Mis padres respondían mis interrogantes desde su visión o su escaso conocimiento, adivinando las respuestas (las cuales descubrí con el tiempo que eran erróneas) en muchos casos.  Cuando me di cuenta de esto, pensé ¿ahora a quien recurro? Aun era chico tendría unos doce años más o menos y supuse que en algún momento lo sabría o lo descubriría, porque desde siempre había escuchado la frase “cuando seas grande lo vas a entender”.
Pase mi adolescencia sin más inconvenientes que los de un chico cualquiera, quizás un poco más de responsabilidades que la mayoría, ya que soy hermano mayor y siempre tuve la idea de que el bienestar de mis hermanos más chicos no solo dependía de mis padres.
Cuando empecé a trabajar, miraba a las personas que estaban por encima de mí en cargos y me preguntaba ¿Qué saben ellos que yo no sepa?  ¿Que los llevo a ocupar esos cargos? Y creía que sabían algo, una especie de secreto o formula que solo la poseían algunos. Lo primero que me paso por la cabeza fue que ellos habían terminado la secundaria y yo aun no, o que incluso habían ido más allá, estudiando alguna carrera. La respuesta parecía ser la correcta, pero luego, conociendo a estos seres un poco más en profundidad, me di cuenta de que muchos no habían estudiado más allá del secundario y eran encargado, supervisores o gerentes, entonces me di a la tarea de averiguar que era lo que hacían para ocupar esos cargos y descubrí que lo único que los diferenciaba era que tenían respuestas para sus subordinados, cualquier cosas que unos les preguntara en referencia al trabajo, ellos tenían una respuesta, y entendí que solo se necesitaba estar un poco por encima del promedio en cuanto a conocimientos, por lo menos, conocimientos laborales.
Mi descubrimiento me hizo feliz por unos, aproximadamente, tres segundos porque ahora quería saber cuál era el secreto del resto de los mortales, personas como Albert Einstein, Stephen Hawking, Isaac Asimov o Alejandro Dolina, a quien seguía a través de su programa en la radio y quien me parecía una persona extremadamente inteligente cuando reflexionaba sobre un tema, o mejor aún, cuando hacia humor, situación que siempre me pareció una tarea de mucho trabajo y que demandaba inteligencia.
Ya habiendo descubierto el “secreto” de aquellos que me superaban en cargos laborales, quería saber que hacia inteligentes a aquellos a quienes consideraba inteligentes, así que me di a la tarea de investigar.  Me puse a leer sus obras, a tratar de comprender sus mentes, a seguir sus trabajos (lo mejor que podía). Todas las cosas que iba leyendo me iban dando más conocimientos sobre algunas aéreas y en paralelo comencé a escribir ensayos de todo tipo, escribí sobre psicología, filosofía, cosmología, neurología. Como era de esperase, muchas de las cosas que yo creía ya se habían estudiado y escrito, pero eso mínimamente me decían que iba por el camino correcto en mi búsqueda.
A medida que avanzaba, mis conocimientos se iban ampliando y eso me gustaba, pero mis relaciones con el resto de las personas se iba acortando, las conversaciones vacías que solía tener con mis amigos, y que en su momento me parecían divertidas, ya no me lo parecían tanto y deje de hablar con muchos de ellos, hasta que llego un punto en el que me quede sin amigos.
En lo laboral avance y llegue a ocupar el puesto de gerente sin más esfuerzo que el de decir lo correcto en el momento indicado y alabar las estupideces de quienes se encargaban de los nombramientos gerenciales.
Al final de este recorrido por saber que hace a las personas inteligentes, pensé mejor en tratar de definir que era la inteligencia y si era mejor ser inteligente que no serlo. Supuse que era simplemente era la acumulación de información en el cerebro y su pronta evocación en los momentos adecuados, pero resulto que personas con las cuales trabajaba y que se podrían catalogar como “poco inteligentes” en varias ocasiones tenían mejores ideas que las mías incluso, mejores que las de un conjunto gerencial al momento de resolver una situación.
Entonces, la inteligencia podría definirse como la rápida resolución de problemas. Podría ser una respuesta, pero ellos no contaban con aquel ingrediente que era la acumulación de información o por lo menos, no la información necesaria para considerarlos inteligentes. En definitiva el tema de la inteligencia paso a segundo plano, ahora quería saber si era conveniente ser inteligente o no. Por mi experiencia, la inteligencia me abrió puertas, me dio cargos laborales, y me brindo un éxito increíble con las mujeres (no con todas, pero si las suficientes) pero no logro satisfacer el único sentimiento que vale la pena por lo menos para mí, no me dio la felicidad. Todos los trabajos que hago no me representan un desafío, la mayor parte de las conversaciones me suenan a nada, incluso las que provienen de algunos de aquellos a quienes se los cataloga como inteligentes. La televisión me parece el invento más grande y el desperdicio más evidente, por eso solo veo dibujos animados la mayor parte del tiempo. Hasta el día de hoy podría decir que prácticamente no poseo amigos, simplemente porque yo no encajo en las charlas y termino siempre dando un discurso sobre algún tema que a mí me parece interesante. Salgo solo a todos lados, y me remonto en ocasiones a cuando empecé con este recorrido y me veo en una salida con un grupo de personas, riendo, haciendo pésimos chistes y terminando de madrugada volviendo a casa, muerto de cansancio, pero FELIZ.

Hoy daría todo por volver atrás y poder charlar conmigo y agarrarme de los hombros y darme un sacudón y hacerme reaccionar y decirme que deje todo tal como está y me olvide de buscar algo que solo conlleva a, las descreencias religiosas, al desamor, pero lo peor, a la soledad. Solo esta uno con una insoportable carga de pensamientos y conocimientos, que están en tu cabeza como pedazos de vidrios rotos que te lastiman y no te dejan en paz ni un solo segundo, ni siquiera para dormir. 

Sergio G. Selser

1 comentario:

  1. Muy lindo, realmente es muy personal, algunas cosas son tal cual como nos pudo haber pasado....
    Creo que ser inteligente es algo tan común, la diferencia es que somos únicos con vidas distintas y no podemos juzgar todo desde nuestra manera de ver, por que eso es negar que hay otras cosas para descubrir, que no todo lo que pensamos es así, que muchas veces nos mentimos, nos imaginamos cosas... cuando la soledad te toca a la puerta, es para hacerte cargo de tu vida y aceptes que se puede cambiar, para eso existen personas que nos pueden ayudar.... pero para eso hay que tener ganas de vivir y ser feliz, ser humilde y algo que sólo muy pocas personas hacen ... reflexionar con la verdad y sinceridad!!!!

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