Me case enamorada de
mi marido como cualquier mujer. Compramos una casita en un lugar un poco
alejado de la ciudad, a él no le gustaban los ruidos molestos de los autos
pasando todo el tiempo por la puerta. Yo no quería, pero bueno, a veces se debe
ceder en algunas cosas. Nos instalamos dos días después de casarnos. No tuvimos
luna de miel, mi marido prefería ahorrarnos la planta para poder terminar de pagar
la casa antes, yo quería luna de miel, pero bueno, es verdad que primero
debíamos asegurarnos la vivienda, quizá más adelante lo podríamos hacer.
Empezamos a amoblar de a poco la casa. No me gustaban mucho los muebles que él
elegía, pero eran muebles, bueno eso decía, a mí en lo personal me parecían
horribles, pero es verdad, a los fines prácticos servían.
Todas las noches lo
esperaba con la cena servida, a veces no le gustaba lo que cocinaba y se iba a
dormir sin cenar, pero bueno, quizá yo debería prestar más atención a las cosas
que a le gustan, después de todo es él quien mantiene la casa, yo no trabajo,
no por no querer o poder, sino que mi marido cree que una mujer debe encargarse
de la casa. Y quizá sea verdad, mi mamá siempre lo hizo y no le fue tan mal con
mi papá.
A veces llegaba tarde
y yo lo esperaba despierta, no me decía a donde iba ni de donde venia, supongo
que eso es normal en cualquier matrimonio.
Los días pasaban, eran
casi todos iguales, excepto por el de hoy, hoy va a ser un día diferente para
mí.
Tome un viejo bolso de
mano que tenia, puse algo de ropa, agarre los ahorros que tenia, no eran
muchos, pero alcanzarían para llegar a algún lado.
Mi marido llego como
de costumbre, preguntando primero que había de cenar antes de preguntarme como
estaba yo. Ya ni siquiera me saludaba con un beso como al principio, solo se
sentaba y esperaba que le llevara el plato a la mesa. La televisión prendida a
un volumen alto y viendo algún estúpido partido. Pero hoy seria diferente.
Comió como siempre,
con su mejor cara de asco por todo lo que yo le cocinaba, acoto que el puré de
papas estaba amargo, claro que estaba amargo, el arsénico contaba con esa
cualidad, yo sabia que él no se daría cuenta, siempre le encuentra algo malo a
mis comidas. Lo miraba tragar y como nunca, o mejor dicho, como desde hace
mucho tiempo, ¡sonreí!
Mientras caminaba
hacia la habitación a buscar mi bolso, escuche golpear su cabeza contra el
plato.
Tome mis llaves y
antes de salir, le di un beso en su despreciable cabeza sin vida.
Sergio G. Selser
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