En alguna
oportunidad les he hablado acerca de una terrible organización que involucran a
todas las madres del mundo. Horrenda secta en donde las madres aprenden
diversos métodos de torturas y castigos para utilizarlas en sus dulces y
tiernos hijos. Pero la pregunta que me surgió después de pasar muchos días
cuidando a mi hermano menor, es si nosotros no somos los culpables de que ellas
se tengan que organizar para poder cuidarse entre ellas de los seres más
insoportables del universo, los hijos.
Hijos que
se encaprichan por cualquier estupidez, llorando y pataleando por conseguir de
su madre lo que ellos desean sin importar la edad, sexo o procedencia. Porque
para exigir mimos, ser servidos en la cama o que nos atiendan cuando estamos
enfermos, no hay edad que no justifique un berrinche. Claro que uno de adulto
no se llena la cara de lagrimas y mocos, tenemos tácticas más sutiles, como los
de poner cara de sufridos ante una simple tos, mostrarnos incapaces de caminar
hasta donde está el control remoto de la televisión, ante una pasajera gripe.
Poner cara de cansancio extremo cuando tenemos que barrer la casa como si nos
mandaran a trabajar a una mina de carbón o limpiar la habitación, el cual es un
acto de sacrificio humano comparable con la de un esclavo.
¿Cuántas
madres habrán enloquecido por nuestra culpa? Sin miedo a parecer extremista,
los hijos en muchas ocasiones son intolerables. Parece ser que el hecho de
contar con una madre neutraliza casi todas nuestras funciones corporales,
gusto, tacto, oído, vista, olfato. Y como siempre hare una lista de esto, pero
será un poco diferente, lo voy a hacer en forma de diálogos para que sea más
fácil.
Pérdida del sentido del oído
Madre: -
¿Podes ir hasta el almacén?-
Media hora
después y habiendo podido poner pause a la Play y luego de que su mamá ya
volviera de hacer las compras.
Hijo: -
¿Qué má, has dicho algo?-
Al momento
de que nos es solicitada cualquier tarea que implique movernos más de unos 30
centímetros, invocaremos esta carencia de audición.
Perdida del gusto
Hijo:
-Mamá, esto que está en la heladera ¿está feo?-
Madre:
-Pruébalo y fíjate-
Hijo:- No, pruébalo
tú, yo no me doy cuenta-
Si no fuese
porque las madres se animan a estas cosas, quizás nosotros viviríamos con dolor
de estomago por no tener nuestro sentido del gusto desarrollado, o mejor dicho,
por no querer probar algo que quizá no nos guste.
Perdida del tacto
Hijo:
-Mamá, ¿esto esta húmedo?-
Madre: -Tócalo
y fíjate –
Hijo: -No, tócalo
tú, yo no sé cómo darme cuenta-
Perdida de la vista
Hijo:-
Mamá, ¿vistes donde están las medias?
Madre:-En
el cajón del mueble de la habitación-
Hijo:-
¿Pero en que cajón?
Para esto
hay un solo mueble y este cuenta con solo dos cajones. Este concepto es
aplicable a camisetas, pantalones, utensilios de cocina, etcétera.
Perdida del olfato
Hijo: Mamá
¿esta remera tiene olor a limpio?
No creo que
haga falta explicar nada más.
Todas estas
situaciones que acabo de describir son fácilmente trasladable a los esposos de
estas mujeres-madres, hombres que no tienen la menor idea de donde están las
cosas de la casa y eso que viven allí hace muchos años.
¿Qué sería
de muchos hijos sin ellas? Seguramente andarían desnudos por la vida por no
poder encontrar la ropa que tienen frente a sus ojos, o quizá morirían de
inanición por no poder prepararse un simple sándwich.
Sergio G. Selser
No hay comentarios:
Publicar un comentario