jueves, 15 de noviembre de 2012

Mis hijos me vuelven loca


En alguna oportunidad les he hablado acerca de una terrible organización que involucran a todas las madres del mundo. Horrenda secta en donde las madres aprenden diversos métodos de torturas y castigos para utilizarlas en sus dulces y tiernos hijos. Pero la pregunta que me surgió después de pasar muchos días cuidando a mi hermano menor, es si nosotros no somos los culpables de que ellas se tengan que organizar para poder cuidarse entre ellas de los seres más insoportables del universo, los hijos.
Hijos que se encaprichan por cualquier estupidez, llorando y pataleando por conseguir de su madre lo que ellos desean sin importar la edad, sexo o procedencia. Porque para exigir mimos, ser servidos en la cama o que nos atiendan cuando estamos enfermos, no hay edad que no justifique un berrinche. Claro que uno de adulto no se llena la cara de lagrimas y mocos, tenemos tácticas más sutiles, como los de poner cara de sufridos ante una simple tos, mostrarnos incapaces de caminar hasta donde está el control remoto de la televisión, ante una pasajera gripe. Poner cara de cansancio extremo cuando tenemos que barrer la casa como si nos mandaran a trabajar a una mina de carbón o limpiar la habitación, el cual es un acto de sacrificio humano comparable con la de un esclavo.
¿Cuántas madres habrán enloquecido por nuestra culpa? Sin miedo a parecer extremista, los hijos en muchas ocasiones son intolerables. Parece ser que el hecho de contar con una madre neutraliza casi todas nuestras funciones corporales, gusto, tacto, oído, vista, olfato. Y como siempre hare una lista de esto, pero será un poco diferente, lo voy a hacer en forma de diálogos para que sea más fácil.

Pérdida del sentido del oído
Madre: - ¿Podes ir hasta el almacén?-
Media hora después y habiendo podido poner pause a la Play y luego de que su mamá ya volviera de hacer las compras.
Hijo: - ¿Qué má, has dicho algo?-
Al momento de que nos es solicitada cualquier tarea que implique movernos más de unos 30 centímetros, invocaremos esta carencia de audición.

Perdida del gusto
Hijo: -Mamá, esto que está en la heladera ¿está feo?-
Madre: -Pruébalo y fíjate-
Hijo:- No, pruébalo tú, yo no me doy cuenta-
Si no fuese porque las madres se animan a estas cosas, quizás nosotros viviríamos con dolor de estomago por no tener nuestro sentido del gusto desarrollado, o mejor dicho, por no querer probar algo que quizá no nos guste.

Perdida del tacto
Hijo: -Mamá, ¿esto esta húmedo?-
Madre: -Tócalo y fíjate –
Hijo: -No, tócalo tú, yo no sé cómo darme cuenta-

 Perdida de la vista
Hijo:- Mamá, ¿vistes donde están las medias?
Madre:-En el cajón del mueble de la habitación-
Hijo:- ¿Pero en que cajón?
Para esto hay un solo mueble y este cuenta con solo dos cajones. Este concepto es aplicable a camisetas, pantalones, utensilios de cocina, etcétera.

Perdida del olfato
Hijo: Mamá ¿esta remera tiene olor a limpio?
No creo que haga falta explicar nada más.

Todas estas situaciones que acabo de describir son fácilmente trasladable a los esposos de estas mujeres-madres, hombres que no tienen la menor idea de donde están las cosas de la casa y eso que viven allí hace muchos años.
¿Qué sería de muchos hijos sin ellas? Seguramente andarían desnudos por la vida por no poder encontrar la ropa que tienen frente a sus ojos, o quizá morirían de inanición por no poder prepararse un simple sándwich.

Sergio G. Selser

No hay comentarios:

Publicar un comentario