Apoye mi
vaso de agua en la mesa de noche y apague la luz del velador. Deje la puerta de
la habitación abierta y vi pasar a mi mamá por el pasillo del segundo piso.
Corría
una brisa suave por entre las cortinas de mi ventana. La luz de la luna se
escapaba y lograba entrar con cada bocanada de aire que llegaba a mi cara en
intermitentes lapsos.
Los
parpados me empezaron a pesar y el sueño bajo las persianas de mis ojos.
Alguien
me tomo del brazo y me tiro de la cama. Mi corazón salto y se acelero en un
segundo, mi asma no me dejaba respirar y mi garganta parecía cerrarse de a poco
con cada bocado de aire que trataba de capturar. Un sonido apagado vino desde muy dentro de mí
y grito ahogadamente ¡Mamá! ¡Mamá!, nadie respondió. Mi brazo seguía en manos
de no sé quien, su cara erra borrosa, pero su sonrisa…, su sonrisa era
horrible, grande y aterradora, sus labios parecían llegar hasta sus orejas
cuando sonreía, sonreía sin decir una sola palabra, solo sonreía y me miraba.
Sus ojos anaranjados y negros, me miraba fijamente sin parpadear. Tome fuerzas
de no sé dónde y volví a gritar ahogadamente ¡Mamá! ¡Ayúdame por favor! Y entonces
mire a la puerta y ahí estaba mi mamá, mirando toda la escena sin hacer nada.
Mi brazo me dolía mucho y ya casi no podía respirar. Estire mi otro brazo hacia
la puerta para que mi mamá me sacara de allí, solo se dio media vuelta y
desapareció en la oscuridad del pasillo. No pude hacer nada más que llorar y
dejar que mi asma me libere de esa pesadilla.
Sergio
G. Selser
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