Desde
que tengo noción de las cosas, los premios han estado ligados a mí. Pero no es
como se entendería esto, no es que yo haya ganado muchos, en realidad están ligados
a mí por mi carencia de los mismos. No recuerdo haber ganado ni uno solo a lo
largo de toda mi existencia.
Pero
esto no me llama la atención, mi atención está puesta hoy en los premios en sí.
Galardones
entregados a personalidades reconocidas. Estatuillas de oro para aquellos que
han hecho el papel de estúpidos “no siéndolos” en películas taquilleras.
Medallas relucientes para quienes han saltado más de dos metros de altura, o
pudieron correr cien metros en menos de nueve segundos.
Balones
de oro para uno que supo pasar más veces, una pelota entre tres palos abrazados
por una red.
Lo que
me llama la atención es la humanidad en su totalidad.
Un ser
humano es reconocido por otros seres humanos (por lo general son 4 o 5 seres
humanos los que lo hacen) que deciden que este ser humano en particular es el más
rápido del mundo. Peor aún, le brindan un recordatorio para que lo ponga en su
casa a la vista de cualquiera que entre, así podrá demostrar con pruebas
tangibles, que él es (o fue) el más veloz del mundo, claro, según él y otros
cuatro idiotas mas.
Que ego
el nuestro ¿no?
De todas
formas, aunque esto me molesta, no es a lo que apunto.
Está
bien que una persona crea que es el mejor del mundo en algo. Que se enfrente
tan solo con menos del uno por ciento de la raza humana para demostrarlo
(porque en las olimpiadas solo hay que vencer a 5 o 6 personas y en los
mundiales a menos de 10 equipos), no es lo que en realidad hace que me hierva
la sangre, sino el restante patético número de seguidores que estos “seres
humanos” tienen a su alrededor. Imbéciles que se pelean unos con otros para
decidir en una disputa sin sentido, cual equipo gano más trofeos. Quien fue el
mejor boxeador de todos los tiempos (el tiempo es extremadamente largo para
poder medirlo a esas ridículas escalas). Llenan estadios de fútbol completos
con tan solo una canción o un movimiento de caderas. Aun no puedo creer que
alguien como Luis Miguel, o Robbie Willians o Madonna (nombre “artístico”)
llenen estadios completos durante varios días y por muchas partes del mundo. Es
evidente que la estupidez y la imbecilidad no conocen fronteras ni idiomas.
No digo
que a un ser humano no le atraigan las actitudes o habilidades de otro (si no
fuese así, no existiría el sexo), pero me parece llamativo que se vuelvan fanáticos
de esas “virtudes”.
En fin,
el fanatismo es una cuestión difícil de asimilar para mi, como tantas otras
cosas pero los fanáticos son personas con las cuales no se puede razonar jamás.
Un amigo
me dijo una vez:
–“hay personas con las cuales no vale la pena
intercambiar opiniones ya que nunca entienden razones, los locos, los
religiosos, los borrachos, los fanáticos y las mujeres-“
Sabias
palabras de mi amigo Roberto.
Sergio
G. Selser
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