sábado, 3 de noviembre de 2012

¡¡¡Me merezco un premio!!!


Desde que tengo noción de las cosas, los premios han estado ligados a mí. Pero no es como se entendería esto, no es que yo haya ganado muchos, en realidad están ligados a mí por mi carencia de los mismos. No recuerdo haber ganado ni uno solo a lo largo de toda mi existencia.
Pero esto no me llama la atención, mi atención está puesta hoy en los premios en sí.
Galardones entregados a personalidades reconocidas. Estatuillas de oro para aquellos que han hecho el papel de estúpidos “no siéndolos” en películas taquilleras. Medallas relucientes para quienes han saltado más de dos metros de altura, o pudieron correr cien metros en menos de nueve segundos.
Balones de oro para uno que supo pasar más veces, una pelota entre tres palos abrazados por una red.
Lo que me llama la atención es la humanidad en su totalidad.
Un ser humano es reconocido por otros seres humanos (por lo general son 4 o 5 seres humanos los que lo hacen) que deciden que este ser humano en particular es el más rápido del mundo. Peor aún, le brindan un recordatorio para que lo ponga en su casa a la vista de cualquiera que entre, así podrá demostrar con pruebas tangibles, que él es (o fue) el más veloz del mundo, claro, según él y otros cuatro idiotas mas.
Que ego el nuestro ¿no?
De todas formas, aunque esto me molesta, no es a lo que apunto.
Está bien que una persona crea que es el mejor del mundo en algo. Que se enfrente tan solo con menos del uno por ciento de la raza humana para demostrarlo (porque en las olimpiadas solo hay que vencer a 5 o 6 personas y en los mundiales a menos de 10 equipos), no es lo que en realidad hace que me hierva la sangre, sino el restante patético número de seguidores que estos “seres humanos” tienen a su alrededor. Imbéciles que se pelean unos con otros para decidir en una disputa sin sentido, cual equipo gano más trofeos. Quien fue el mejor boxeador de todos los tiempos (el tiempo es extremadamente largo para poder medirlo a esas ridículas escalas). Llenan estadios de fútbol completos con tan solo una canción o un movimiento de caderas. Aun no puedo creer que alguien como Luis Miguel, o Robbie Willians o Madonna (nombre “artístico”) llenen estadios completos durante varios días y por muchas partes del mundo. Es evidente que la estupidez y la imbecilidad no conocen fronteras ni idiomas.
No digo que a un ser humano no le atraigan las actitudes o habilidades de otro (si no fuese así, no existiría el sexo), pero me parece llamativo que se vuelvan fanáticos de esas “virtudes”.

En fin, el fanatismo es una cuestión difícil de asimilar para mi, como tantas otras cosas pero los fanáticos son personas con las cuales no se puede razonar jamás.
Un amigo me dijo una vez:
 –“hay personas con las cuales no vale la pena intercambiar opiniones ya que nunca entienden razones, los locos, los religiosos, los borrachos, los fanáticos y las mujeres-“
Sabias palabras de mi amigo Roberto.

Sergio G. Selser

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